SOCIEDAD

La difícil situación de los musulmanes en los frigoríficos brasileños

Trabajadores musulmanes se enfrentan a problemas en dos regiones de Brasil

La difícil situación de los musulmanes en los frigoríficos brasileños
Trabajadores musulmanes se enfrentan a problemas en dos regiones de Brasil
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Foto: Gerardo Iglesias
El encargado de seleccionar la mano de obra observa a los negros, centenares de ellos, y elige a los que llevará por sus características físicas: a los más jóvenes, a los más altos, a los más robustos, a aquellos con los brazos más largos, con las piernas más fuertes y con sus pantorrillas más delgadas (pantorrilla gruesa indica “pereza”). Incluso los genitales serán examinados para verificar si presentan hernias que puedan comprometer el trabajo pesado. Las mujeres se descartan. Los hombres con apariencia frágil, los viejos o enfermos, también.
La escena se remonta a una época no tan lejana en nuestra historia, pero también es lo que sucede hoy en la ciudad de Brasileia, en el estado de Acre, el principal lugar de entrada de haitianos y senegaleses.
 
El flujo es constante y no cesará en los próximos años, a pesar del esfuerzo conjunto entre los ministros de Relaciones Exteriores de Brasil y de Haití para la concesión de visas antes de la llegada de los migrantes.
 
Haitianos, senegaleses, somalíes, congoleses y también bengalíes (naturales de Bangladesh), sirios y de otras nacionalidades han migrado no sólo para huir de sus países de origen sino también debido a la fuerte demanda por sus brazos en los frigoríficos de dos regiones de Brasil, el Centro-Este y el Sur, que exportan mensualmente toneladas de pollo para el resto del mundo.
 
La actuación de los militares brasileños en Haití, además de las noticias de bonanza económica, han convertido a Brasil en destino de refugiados desde los países en conflictos.
 
La Secretaría de Derechos Humanos de la Presidencia de la República ha accionado a las empresas del sector de la agroindustriapara emplearlos.
 
Los frigoríficos vieron en los migrantes una oportunidad única para sanar su carencia de mano de obra. Y como las noticias vuelan rápido, más y más extranjeros son seducidos por esa promesa de trabajo.
 
El problema es que ni las empresas ni el gobierno parecen interesados en garantizar una vida digna a los extranjeros.
 
En Marechal Cândido Rondón, en Paraná
 
Estamos en Marechal Cândido Rondon, una ciudad de 47 mil habitantes en el oeste del estado de Paraná, a 500 quilómetros de la capital, Curitiba. Fundada por descendientes de alemanes, la mayor parte de sus habitantes son de ojos claros y rubios.
 
Durante los últimos cuatro años, personas mulatas y negras empezaron, sin embargo, a multiplicarse en la región, de forma silenciosa pero constante, atraídas por los exportadores de pollo. Primero fueron los haitianos, que no pudieron adaptarse. Después los bengalíes y los senegaleses.
 
En una esquina de la calle principal de la ciudad encontramos un antiguo hotel de madera donde Copagril, empresa local productora y exportadora de pollos, hospeda a los trabajadores extranjeros.
 
Las instalaciones son precarias. Hay más de 45 senegaleses alojados, dos bengalíes y un somalí.
 
Sólo tres o cuatro extranjeros pueden murmurar alguna que otra palabra en portugués. Son todos muy jóvenes, de no más de 35 años.
 
No sobra nada de dinero
 
Cobran poco más de un salario mínimo (870 reales) por envasar y cargar cajas en la parte más fría del frigorífico, donde los brasileños se niegan a trabajar. La realidad es similar en todos los frigoríficos, del más grande hasta el más pequeño.
 
El senegalés Amadou Diagne tiene 33 años y pasó un año en Buenos Aires antes de venir a Brasil.
 
Reclutado en São Paulo por el mismo contratista de todos allí – un hombre árabe, Mohamed -, había llegado a Marechal Cândido Rondón hacia 15 días. Se queja de que no le sobra nada de dinero, porque envía 700 reales a su familia, en su país de origen, donde dejó una hija.
 
El sirio Ousama Naji, de 23 años, habla en un mal inglés y cuenta haber cursado business school antes de decidirse a incursionar por Brasil. También envasa y carga cajas en el frigorífico. Le parece poco lo que recibe, y a la vez dice: “¿Qué puedo hacer?”
 
Zakir Hossain, de 32 años, está feliz por haber dejado Bangladesh, donde “la gente mata a la policía y la policía mata a la gente”. Dejó dos hijos atrás (pretende traerlos “después”).
 
Antes de llegar al interior del estado de Paraná, al sur de Brasil, pasó un año en São Paulo, donde vendía ropa en el barrio Brás. Está hace dos días en la ciudad, con ganas de empezar a trabajar, y además comenta que le encanta la posibilidad de dividir el valor de las compras en cuotas, invención brasileña, según dice.
 
Los chicos salen a trabajar a las 5 de la mañana, regresando a las 4.40 de la tarde, y pasan el resto del tiempo a solas, frente a la televisión. No existe convivencia con los locales fuera de la hora de trabajo.
 
Certificación Halal
 
Musulmanes como Zakir y africanos de naciones islámicas son atraídos a Brasil por una razón adicional: el volumen cada vez más grande de carne de pollo exportada a los países árabes que necesitan la certificación halal, en base a los preceptos del Islam.
 
Brasil es hoy el mayor productor y exportador del mundo de carne de pollo halal. En 2013, exportó casi 1,8 millones de toneladas de aves y más de 300 mil toneladas de carne vacuna faenada por el método islámico.
 
Los animales deben tener el cuello cortado de una vez para que no haya sufrimiento, la cabeza no puede ser extirpada y la sangre debe drenar completamente.
 
Todo el proceso debe llevarse a cabo por un musulmán con la frente del animal mirando hacia La Meca, la ciudad sagrada de los islámicos. El sangrador debe mencionar el nombre de Alá mientras le corta el cuello, diciendo Bismillah (en el nombre de Dios).
 
El año pasado, una misión del gobierno sirio visitó a los frigoríficos certificados para la faena halal y la importación fue liberada. En marzo de este año, la Asociación Brasileña de Proteína Animal, que representa a los productores de carne de pollo y cerdo, anunció que el gobierno de Pakistán también ha emitido una orden para el ingreso de carne brasileña de pollo halal.
 
“He visto jornadas de 17 horas en frigoríficos”
 
En abril, fue el turno de Malasia. Al mismo tiempo falta mano de obra en el sector, cuyas condiciones de trabajo son frecuentemente denunciadas por parte del Ministerio Público.
 
“He visto jornadas de 17 horas en los frigoríficos”, critica el fiscal del Trabajo Heiler de Souza, del MPT de Paraná.
 
“Los extranjeros sin duda entran en un círculo de sobreexplotación, porque la carencia es grande, y como no conocen la legislación brasileña, las empresas tienen la seguridad práctica de que no serán demandadas judicialmente. Tanto es así que, en mis inspecciones, los extranjeros son los que permanecen en silencio, no se quejan. Desde la perspectiva del empleador, es ideal”, dice.
 
Las empresas no asumen la responsabilidad por la comida, el alojamiento y la integración de los extranjeros contratados. De acuerdo con ABPA, “se trata de mano de obra tercerizada, contratada por las certificadoras halal, organizaciones reconocidas por las autoridades religiosas de los países exportadores”.
 
Leticia Mamed, profesora de la Universidad Federal de Acre, fue quien ideó el sistema de “selección” de los migrantes del inicio de este artículo. Está preparando una tesis de doctorado sobre la contratación de extranjeros por los frigoríficos y critica la actitud de la sociedad civil hacia los extranjeros desde el origen, en Brasileia.
 
“El Estado monopolizó el contacto con los haitianos y senegaleses. No hay una negativa formal, pero su acceso de la universidad, por ejemplo, se ve obstaculizado por la burocracia oficial”.
 
Según la académica, los senegaleses ingresan a Brasil a través de Bolivia y Ecuador. Los haitianos por Perú. Ambos son “asesorados” por los llamados coyotes (contratistas), que cobran dinero para facilitar la entrada a Brasil. Los bengalíes, a su vez, entran por Paraguay.
 
Las cifras son dudosas, pero el volumen es creciente: llegan un promedio de siete senegaleses por día desde el comienzo del año. Ya son el segundo contingente en Brasileia después de los haitianos, que entran en grupos de 70 a 80 todos los días.
 
Todos solicitan el estatuto de refugiado, lo que les da derecho a trabajar legamente de inmediato, pero existe la preocupación acerca de su futuro en el país si no logran ser aceptados. Acabarán en la informalidad, como muchos, pero de hecho, ¿ya no es así?
 
El viernes 30, el Ministerio de Justicia anunció un plan para ayudar a los inmigrantes, con la inauguración de centros de integración en São Paulo y Acre.
 
Es poco. “Una de las primeras iniciativas debería ser asegurar el aprendizaje de la lengua”, opina el profesor Paulo César Ilha, de la Facultad Isepe Rondón, coordinador de un estudio sobre la manera de integrar a los inmigrantes a la pequeña Marechal Rondon.
 
Ilha se sorprendió al descubrir, en una ronda de conversaciones con los representantes de la sociedad civil, que muchos ni sabían siquiera de la presencia de extranjeros en la ciudad.
 
Los expertos dicen que lo más importante y urgente es definir una política con respecto a los inmigrantes.
 
Tanto el modelo multicultural anglosajón, que preveía ayuda por parte del Estado, como el modelo asimilacionista francés, con políticas iguales para todos, fracasaron”, recuerda el profesor Leonardo Cavalcante, coordinador del recién creado Observatorio de las Migraciones de la Universidad de Brasilia.
“En Brasil tenemos la oportunidad única de ver lo que falló en ambos modelos y elaborar uno nuevo”, afirma.
 
Cavalcante recuerda: “Ni los partidos de la derecha levantan la bandera de la xenofobia en Brasil. Sería catastrófico”. Desafortunadamente, la realidad es más rápida.
 
Una reciente decisión del Tribunal Superior del Trabajo condenó al frigorífico  Doux Frangosul a indemnizar a un congoleño contratado para la faena halal por ser víctima de insultos.
 
Según él, los musulmanes en este frigorífico fueron tratados como “árabes sucios, vagos e inútiles” y eran agredidos por sus jefes, que les lanzaban pollos muertos cuando sus trabajadores no llegaban a la meta diaria.
 
En los próximos 20, 30 años, si el gobierno actúa en favor de la integración, es posible que esta nueva ola de inmigración provoque un cambio en el perfil étnico, especialmente en el sur del país. Eso en la mejor de las hipótesis.
 
En el peor de los casos, Brasil tendrá inmigrantes confinados en guetos, totalmente apartados de la convivencia con los nativos, que es lo que sucede ahora.