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Enésimo brote de gripe aviar

Éste no es mi pollo…

Un reciente brote de gripe aviar sacude Europa, Asia, Estados Unidos y Canadá, obligando al sacrificio de millones de aves y al cierre preventivo de miles de granjas avícolas. En el trasfondo, las condiciones industriales impuestas por las corporaciones transnacionales generan un sistema productivo insustentable que, tarde o temprano, terminan pagando trabajadores, el ambiente y consumidores.

Carlos Amorín

25 | 5 | 2022


Foto: Gerardo Iglesias

Hace más de un siglo los científicos italianos Eugenio Centanni y Ezio Savonuzzi detectaron la enfermedad llamada «gripe aviar» en la zona de Lombardía, Italia. Fueron los primeros en identificarla. Pero recién en 1955 el biólogo alemán Werner Schäfer descubrió que la enfermedad es causada por un virus del tipo Influenzavirus A.

Esta dolencia fue originalmente ubicada en aves silvestres que naturalmente tienen un alto nivel de resistencia a ella, y en general causa poco estrago en las bandadas. Ocasionalmente ocurrían contagios por contacto directo con aves domésticas, de granja, provocando también daños geográficamente limitados, y casi nunca en más de uno o dos corrales de la zona afectada.

Hoy, más de un siglo después, algunas de las variantes de aquel virus identificado por Schäfer han encontrado campo propicio para su multiplicación masiva y su mutación acelerada, llegando incluso a adquirir la capacidad potencial de infectar al ser humano y a otros mamíferos.

Ese «campo propicio» no es otro que un sistema de producción que aplica a rajatabla «las reglas del mercado», esto es, lograr el mayor lucro, a cualquier precio y a la mayor velocidad posible.

En apenas algunas décadas, la industria alimentaria transformó el gallinero familiar que abastecía de carne aviar a la vecindad, en las actuales «naves» de los establecimientos avícolas «fabriles» donde se crían entre 30 y 40 mil pollos.

Oh Cecile, my Cecile…

Se dice que en 1923 una granjera del estado de Delaware, Estados Unidos, llamada Cecile Steele, fue la primera en montar con éxito un establecimiento exclusivamente avícola con unos 500 pollitos. Cuenta la historia que Cecile había ordenado 50 gallinas para su consumo familiar de huevos, pero cuando llegó, el camión repartidor traía una orden que decía «500 pollitos». A pesar de sus protestas, Cecile terminó aceptando el envío sin tener claridad sobre qué haría con esas aves.

Los crió dentro de un pequeño galpón de madera, los engordó todo lo que pudo y consumió muchos de ellos en su dieta familiar. Finalmente, logró colocar más de 300 en hoteles y restoranes de la ciudad cosechando un pequeño beneficio.

Al año siguiente Cecile ordenó mil pollitos, y en 1928 ya eran 500 los granjeros de la zona que se habían sumado a la cría de aves siguiendo la metodología de los Steele, quienes sobre la marcha habían generado un círculo productivo, ya que los excrementos de las aves eran usados como fertilizantes abaratando costos, y los granos cultivados en el área alimentaban a las camadas de pollos.

La industria mete la cuchara

Ya en la década de los 50 se obtuvo mediante selección genética e hibridación el llamado pollo «broiler» o pollo de engorde. Más que a una raza, el término broiler define un sistema de crianza diseñado para hacer crecer rápidamente un ave y producir la mayor cantidad de carne posible. En condiciones controladas de crianza, un pollo broiler alcanza su peso de comercialización en 40 días o menos. Las razas «cobb500» y «ross» son las más utilizadas actualmente por su mayor capacidad de engorde rápido.

Estas «condiciones controladas» incluyen el confinamiento extremo de las aves para evitar que el alimento se transforme en energía gastada y no en carne, las raciones están rigurosamente estudiadas para un desarrollo rápido de los músculos, la vitamina D para compensar la falta de exposición al Sol y una gran variedad de aditivos como ciertos antibióticos y, ahora formalmente prohibidas, también hormonas del crecimiento.

El alimento que reciben no tiene nada que ver con lo que sería la comida natural de un ave, sino que las raciones están diseñadas atendiendo esencialmente una sola cosa: su crecimiento acelerado. Esto hace que inevitablemente el producto final no tenga la consistencia ni el sabor de un verdadero pollo, sino apenas la apariencia de tal. Lo que le interesa a la industria es vender kilogramos.

La industria avícola está dominada por una decena de corporaciones que, juntas, faenaron en 2020 casi 13 mil millones de aves, casi dos por cada habitante del planeta. La mayor es la de origen brasileño JBS, que produce 4 mil millones de pollos anualmente, más que las cuatro que le siguen en el ranking reunidas.
Del pío pío al pío Hulk

Según un informe elaborado por la Federación Nacional de Avicultores de Colombia (Fenavi) «En la década de los 50, un pollo era alimentado por 100 días para alcanzar un peso de 2,1 kilos. A finales de los 60 se redujo el tiempo a 67 días y en la actualidad está listo para salir al mercado entre los 42 y los 45 días«.

Actualmente la industria avícola ha reducido aún más el tiempo de crianza, y en algunos establecimientos de punta ya se ha logrado hacerlo en 35 días, y se apunta a llevarlo a 28 días.

Estos pollos broiler suelen tener graves deformaciones en sus patas y sistema óseo en general, ya que ganan peso tan rápidamente que sus extremidades no logran sostenerlos, llegando algunos de ellos a morir de inanición por incapacidad de alcanzar los comederos.

Paralelamente, se ha desarrollado la industria farmacéutica aviar, ya que las famosas «condiciones controladas» son totalmente antinaturales y favorecen la aparición y diseminación masiva de enfermedades contagiosas. Por eso se les administran vacunas prácticamente al nacer, y medicamentos a lo largo de sus vidas, incluso de manera preventiva, ya que si se enferma uno, se enfermarán todos, o casi.

Asimismo, se mantienen las naves o galpones iluminados durante 20 horas al día, pero las cuatro de oscuridad se alternan de una en una, ya que pasar de la oscuridad a la luz incentiva el reflejo alimentario de las aves, lo que colabora con el objetivo de la crianza fabril.

En este panorama no es de extrañar que aparezcan enfermedades endémicas que afecten a miles de granjas avícolas causando estragos totales. De alguna u otra manera, el desastre lo terminarán pagando los consumidores.

Cuando el pasto se hace orégano

Un reciente brote en Europa de la ya conocida «gripe aviar» ha causado enormes estragos en las granjas de la industria avícola. A finales de noviembre del pasado año se detectó el primer caso en el norte de Francia, y rápidamente se extendió por el oeste del país afectando a más de 1.300 granjas. En este año, las autoridades sanitarias ordenaron el sacrificio masivo de 16 millones de aves, y recién a principios de mayo comenzó a ceder el riesgo de propagación del virus, aunque se espera una segunda oleada.

Como tantos otros, el virus de la gripe aviar (y en general, sus mutaciones) es altamente contagioso. Los vectores que lo trasladan de una granja a otra suelen ser siempre los mismos: vehículos contaminados, equipos, ropa de personal que rota, alimentos. El virus puede mantenerse latente durante largos periodos, y se acomoda mejor a las bajas temperaturas.

Aún con protocolos sobre vigilancia y control de estos brotes, las epidemias pueden prolongarse durante años. Por ejemplo, una epidemia del H5N2 en México que comenzó en 1992 con un grado bajo de malignidad se tornó altamente mortal y no fue controlada hasta 1995.

La realidad es que el problema se aborda de manera incidental, con parches, y no hay protocolo de prevención que pueda erradicar la enfermedad si no se cambia el modelo de producción. Su permanencia, a pesar de la eliminación masiva y repetida de millones de aves, está dando la pauta de que aún con esas pérdidas fenomenales, la crianza industria de aves tal como se practica siegue siendo rentable para las grandes compañías.

En Estados Unidos se produjo una epidemia entre 1983 y 1984 originada por el subtipo H5N2 que, aunque inicialmente causó una baja mortalidad, en los siguientes seis meses alcanzó una tasa de mortalidad del 90%. Para controlar el brote se sacrificó a más de 17 millones de aves con un costo de 65 millones de dólares. Pero nada detuvo a la industria.

Según informa el Instituto Nacional de Estadística (INE) de España, «en la última década el número de cabezas de ganado porcino prácticamente se duplicó, mientras que el de las aves de corral se multiplicó por cinco, lo que sugiere un repunte en las explotaciones intensivas». En el mismo periodo, ese país perdió 170 mil granjas, pero produce dos y cinco veces más cerdos y pollos respectivamente.

La Coordinadora de Organizaciones de Agricultores y Ganaderos (COAG) de España ha denunciado que el campo ha sido «colonizado por grandes fondos de inversión y especuladores con voracidad económica», que están avasallando a los agricultores y ganaderos, convirtiéndolos en sus empleados.

En datos del citado INE, la mano de obra del propietario del predio bajó un 3,7% respecto a 2009, mientras que la referida a los familiares del dueño lo hizo un 49,8%. Juntos representan una pérdida de casi 130 mil personas. Al mismo tiempo, la mano de obra contratada aumentó un 16,3% y la subcontratada un 13,9%.

Para continuar con el ejemplo de España, que es trasladable a cualquier otro país con la misma actividad, en el último censo agrícola se constató que, hasta 2020, había 1.152 establecimientos que concentraban más de 115,2 millones de pollos o gallinas. En promedio, cada explotación tenía 100.000 cabezas.

En resumen, se reduce el número de explotaciones, se multiplica la cantidad de aves en grandes criaderos industriales y se somete a los granjeros tradicionales a la situación de empleados de las grandes corporaciones y empresas.


Ilustración: CartonClub
Sopa de virus

Lo que ya se designa como «la crisis mundial del sector por la gripe aviar» está afectando a varios países europeos y americanos como Canadá y Estados Unidos, donde ya se han sacrificado 37 millones de gallinas, pavos y pollos, en lo que constituye la mayor eliminación masiva de aves de corral en la historia del país.

Se han constatado pocos casos de humanos afectados por este virus, y en casi todos ellos se trató de trabajadores en los criaderos industriales. Si bien el virus puede ser letal para las aves (algunas variantes causan más mortalidad que otras), no así hasta ahora para los seres humanos u otros mamíferos.

Lo que sí se sabe, y cada día con mayor claridad, es que los alimentos pierden calidad cuando su producción es copada por inversores privados que promueven sistemas productivos con base en tasas de retorno fijas, o sea, el lucro a cualquier precio. Lo mismo que ocurre en la industria avícola, que en sus plantas de procesamiento impone ritmos de trabajo inhumanos, está pasando en todo el sector alimentario: las materias primas bajan de calidad, los sistemas de producción y de trabajo provocan lesiones en trabajadores y trabajadoras, y enfermedades en los consumidores.

“Nuestro futuro robado”

Si bien aún se desconoce con absoluta precisión el origen de la pandemia mundial de diabetes, ya no hay duda de que parte de su causa está en la alimentación industrial. Y lo mismo está sucediendo con el inicio prematuro de la pubertad en niños y, sobre todo, niñas en todo el mundo.

Así lo reporta el New York Times, que informa sobre un estudio liderado por la doctora Marcia Herman-Giddens y realizado en Carolina del Norte, Estados Unidos, en el que «participaron más de 17 mil chicas a las que se les practicaron exámenes físicos en los consultorios pediátricos de todo el país. Las cifras revelaron que, a mediados de la década de 1990 las chicas habían comenzado a desarrollar senos —lo cual suele ser la primera señal de la pubertad— a la edad de 10 años, en promedio, más de un año antes de lo que se tenía registrado con anterioridad. Ese descenso fue todavía más notable en las niñas negras, a quienes les habían comenzado a crecer los senos a una edad promedio de 9 años».

Otros estudios internacionales sobre este mismo tema han comprobado que el fenómeno se produce abrumadoramente más entre los sectores pobres de la sociedad.

Si bien no se ha logrado aún determinar con total certeza qué está causando este cambio tan drástico, se sospecha que la presencia de disruptores endócrinos en alimentos y envases alimentarios puede estar influyendo de forma determinante en este proceso. Muchas madres que han consultado a los servicios de salud por este tema, han escuchado frecuentemente la recomendación de los pediatras: «Trate de evitar el pollo en su alimentación».

El actual brote aún no ha registrado casos en América Latina, y por lo tanto la demanda internacional presiona sobre los productores de la región para llenar el vacío de aves en los países afectados, lo que seguramente promoverá una arremetida de la industria para acortar aún más los tiempos de producción y someter a ritmos todavía más intensos a trabajadores y trabajadoras.

Se impone, pues, un estado de alerta naranja de las organizaciones sindicales en torno a este tema para que no sean los trabajadores y trabajadoras quienes paguen con su salud el desquicio del sistema productivo de las corporaciones internacionales.


Con información de:

elmundo.es, cincodias.elpais.com, AFP, pagina12.com.ar, EFE, Greenpeace, 20minutos.es, bloomberglinea.com, elfinanciero.com.mx, dw.com, cnnespanol.cnn.com, larepublica.co, montevideoportal.com, nytimes.com, e información propia.