Ruben Rada (1943-2026)
«Se fue un pedazo del cielo del Uruguay», dijo de Ruben Rada, otro gran músico de este país, Jaime Roos. Porque era eso: no es simplemente una persona adorable y genial la que se fue, sino una parte del paisaje, y ni siquiera una parte del perecedero paisaje urbano, sino un cacho del cielo mismo.
Guilherme de Alencar Pinto | Convenio Brecha – Rel UITA
2 | 9 | 2026

En la tarde del miércoles 26 de agosto la consternación y el pesar por su muerte se manifestaban por doquier: vecinos, choferes de taxi, personas opulentas, personas de muy bajos ingresos, viejos y jóvenes, músicos y oyentes, más músicos (virtualmente todas las grandes figuras del rock argentino), redes sociales, la televisión y la radio, el presidente y la vicepresidenta, duelo nacional y funeral de Estado, Peñarol, la Asociación Uruguaya de Fútbol, una llamada gigantesca en la calle Isla de Flores.
Acá cerca y hace tiempo
Rada nació en el barrio Palermo de Montevideo, el 16 de julio de 1943 (referencias generacionales: cinco meses después que George, el más joven de los Beatles; mismo año que Hugo Fattoruso y Pepe Guerra).
Sus padres se separaron cuando era muy chiquito, y su madre se mudó con él y sus hermanos.
Siendo una familia de muy escasos recursos económicos, se revolvió, siendo niño todavía, con toda clase de laburitos y curros: abrir puertas de taxis, vender diarios viejos para que la gente se sentara arriba en el Estadio Centenazrio, plumear butacas de un cine.
Su contacto fuerte con la música empezó escuchando la radio, absorbiendo y cantarolando lo que escuchaba.
En la (auto)biografía firmada junto con Fernando Peláez (Rada, Aguilar/Olímpica, 2013) hace una nómina de las músicas que lo impresionaron, y es un panorama muy amplio: tango, folclore argentino, brasileños, cubanos, bolero, jazz y cancionistas estadounidenses (y eso nomás hablando de su infancia).
Ya con notoria buena voz y talento interpretativo, su madre lo empezó a llevar a programas radiofónicos donde hacía imitaciones de cantantes de moda y versiones de sus canciones preferidas.
Con 10 años pasó a integrar la comparsa Morenada y, con ese grupo, viajó al exterior por primera vez –se presentaron en Buenos Aires–.
Antes de cumplir 20 ya sumaba una experiencia musical y profesional considerable, saliendo también con la murga Nueva Milonga, integrando el grupo tropical-candombero de Pedro Ferreira, así como el grupo de jazz-pop Hot Blowers. También fue actor en programas cómicos televisivos.
A mediados de los sesenta se estaba presentando en festivales haciendo canciones «melódicas» que él mismo ya componía, explotando la amplitud y potencia de su voz.
En una de esas conoció a Eduardo Mateo, quien fue su acompañante en algunas ocasiones, entre ellas sus importantes apariciones en los Conciertos Beat (1966).
A fines de ese año, Mateo lo convocó para armar el grupo que debería animar las veladas del boliche Orfeo Negro, y les fue tan bien que estuvieron ahí por todo 1967. Esa banda se terminó bautizando El Kinto y funcionó como un laboratorio creativo para todos sus integrantes.
Un movimiento en gestación
Pese al crecimiento de El Kinto, Rada dejó el grupo por el trabajo más seguro y redituable de integrarse a la banda de Mike Dogliotti en su gira por Perú. A su regreso, dio a conocer su candombe «Las manzanas», que fue un éxito descomunal en vivo, luego en un disco simple, y de ahí surgió su primer LP solista, todo en 1969.
Se estaba consolidando el incipiente movimiento del rock uruguayo y en 1970 Eduardo Useta invita a Rada a armar Totem, descrito como el primer supergrupo del rock nacional. Rada actuó con Totem en 1971 y 1972. Durante ese lapso, fueron el grupo más popular de la movida y grabaron dos discos que hicieron historia.
Totem había sido aclamado en Buenos Aires cuando participó en el B.A. Rock de 1971. Empezó entonces un vínculo importante de Rada con el rock argentino, que tendió a recibirlo como a alguien de casa. De ahí sale la integración, en Buenos Aires y en 1974, del grupo S.O.S., con el que grabó un disco en que fue autor de la mayoría de las composiciones. Al año siguiente grabó en Montevideo, como solista, el disco Radeces.
Ya en plena dictadura, con el ambiente cultural fracturado, ninguno de esos discos tuvo la repercusión que merecía. Por los 20 años siguientes, lo esencial de su carrera y su discografía se haría en el exterior.
Luego de eso se instaló en Buenos Aires.
En la segunda mitad de los ochenta su carrera argentina tendió a mermar, al punto de que optó por instalarse en México para trabajar como percusionista acompañante de Tania Libertad. Estuvo allí de 1991 a 1994.
Por esa época grabó, en Nueva York, con dirección musical de Hugo Fattoruso, los dos discos titulados Montevideo (editados internacionalmente en 1996 y 1999).
Hasta entonces, la carrera de Rada tuvo un aspecto irregular y paradójico: gracias a sus varios picos de éxito, era una figura muy conocida tanto en Uruguay como en Argentina. Sin embargo, no le fue posible sostener ninguno de esos momentos, que se alternaron con otros en los que apenas le daba para mantenerse a sí mismo y a sus tres hijos (Lucila, Matías y Julieta).
Recién logró estabilizarse a partir de su asociación con la productora Lea Bensassón, hacia 1996, finalmente instalado, definitivamente, en Montevideo.
Sus dos discos con producción artística de los argentinos Cachorro López y Sebastián Schon (Quién va a cantar, de 2000, y Alegre caballero, de 2002) fueron éxitos descomunales y lo instalaron en forma definitiva como uno de los músicos más populares del país.
De manera simultánea, empezó también una veta de música para niños, con la que trabajó hasta 2005 y que funcionó muy bien. En el correr de los últimos 20 años, sesentón, setentón y luego ochentón, se mantuvo en intensa actividad, siempre con buena respuesta del público.
Aportes
El Kinto dio origen al candombe-beat, que fue el aspecto más distintivo del rock uruguayo de todos los tiempos. Y el grupo que más se destacó en la movida del candombe-beat fue Totem.
El nombre evoca las culturas nativas y, a través de ellas, cierta prominencia de lo extraoccidental como parte de la nueva contracultura de inicios de los años setenta (lo primitivo como una nueva forma de lo moderno).
Eso se casaba con las alusiones del grupo a lo afro («Biafra», «Negro»), que contribuían, además, a las connotaciones combativas que ese grupo tuvo en común con buena parte del rock (candombístico o no) de los años autoritarios predictadura.
Entre El Kinto y Totem, Rada ya había hecho gala, en sus trabajos solistas, de varios de sus recursos vocales inusuales, pero lo había hecho con cierto espíritu de exhibición circense con intención humorística.
En Totem, esa expansión de las posibilidades vocales (falsetes, sonidos guturales, voz ronca desgarrada) venía asociada a una ruptura con el buen comportamiento vocal de los crooners, y traía la visceralidad, la evocación de culturas vocales alternativas, el grito de guerra o cierta animalidad primal.
Apuntes
No creo que sea la épica –la de la lucha por poder vivir de la música, finalmente conquistada–, y tampoco la figura fundacional que fue, lo que hace posible el amor de tanta gente por Rada.
Creo que es más bien una mezcla de su obra en sí misma –enorme y llena de maravillas, algunas conocidas y otras que son tesoros todavía semiocultos– con su figura pública. Y sobre todo eso habría un montón para discurrir, pero no da ni el espacio ni el tiempo. Hago un apunte de algunas cuestiones sobre la que sería lindo explayarse:
–Sus asombrosas capacidades vocales, su timbre, su rango.
–Sus personas vocales, la manera a veces sorpresiva con que elegía determinada emisión o estilo para determinada música o letra.
–Esa capacidad también asombrosa de componer sin contar con el auxilio de ningún instrumento armónico (no sabía tocar ninguno) y aun así lograr cosas tan fuera de lo común y complejas. Cómo laburaba con los músicos encargados de comandar los arreglos de sus bandas –casi siempre tecladistas–.
–Opino que fue el mayor compositor de candombes que haya existido, pero sé que esto es muy controvertible, y lejos de mí querer pelear con quienes presenten otros candidatos.
–Rada fue, junto con Mateo, el fundador del rock uruguayo, y luego se desplegó, con Totem, como uno de los principales exponentes del movimiento. Sin embargo, siempre me quedó la impresión de que él mismo nunca incorporó plenamente ese espíritu del rock como algo diferenciado del pop y que mira el pop desde arriba, orgulloso de su integridad y de la incomprensión de la mayoría
–Sus letras. No todas fueron igual de logradas, pero, cuando la embocaba, cómo la embocaba. Qué capacidad para decir cosas sencillas de una manera tan lisa, tan tan tan lisa que se daba vuelta y valía por la más rebuscada de las metáforas. Piénsese en «Lindo sombrero tenía Gardel».
–Sueño con que alguien haga una antología de los chistes de Rada. Algunos capaz que son leyendas urbanas, pero no importa. Cada uno de los músicos que tocó con él tiene una colección de cosas inverosímiles para contar. Claro, algunas son soeces, escatológicas, muy incorrectas. Pero no deberían perderse en el olvido.
–Hablando de perderse en el olvido, con la facilidad asombrosa que Rada tenía para componer, deben haber quedado cientos de canciones recorriendo el espacio sideral rumbo al infinito, sin que nadie las vaya a escuchar jamás.
–Quisiera hablar de muchas canciones y discos de Rada. Llamo la atención a una, nomás: escuchen «Ahé, ahé», del disco Radeces. Observen cómo esa canción no se parece a nada. ¿Qué ritmo es ese? Creo que es puro invento, y un invento insólito, inesperado.
Luego, cómo ese ritmo peculiar se alterna, por corte bruto, con un interludio funky, y luego la melodía toma un rumbo armónicamente laberíntico, va a parar lejísimos, y de ahí, luego de otro salto tonal, a otro interludio distinto con un ritmo muy propulsivo, antes de regresar para repetir todo.
Y esa letra sobre una leyenda animista quizá inventada. Eso es creación, imaginación, libertad, sofisticación y técnica, y también gozadera pura. Y, ni que hablar, cómo está cantada.
Con canciones como esta, Rada nos estaba regalando pequeños mundos ideales, para habitar con nuestras sensibilidades y corazones. Y, como siempre pasa con el arte, quizá también como modelos para nuestra disposición frente a la vida.