Otro 25 de noviembre de alerta
El 25 de noviembre, Día Internacional para la Eliminación de la Violencia contra las Mujeres llega nuevamente con cifras estremecedoras para América Latina y el Caribe.
Amalia Antúnez
25 | 11 | 2025

A pesar de avances legislativos y de décadas de lucha feminista, la región continúa siendo una de las más peligrosas del mundo para las mujeres.
Y en los últimos años, nuevos factores tensan aún más la situación: el auge de movimientos ultraderechistas, antiderechos y antifeministas, y el crecimiento de otras formas de violencia, como la violencia vicaria, que pone a niñas y niños en el centro del daño para castigar a sus madres.
Los datos más recientes de la CEPAL muestran un escenario alarmante.
En 2024, se reportaron 3.828 mujeres asesinadas por razones de género en 26 países y se registraron más de 5.500 intentos de femicidio en 14 países. En los últimos cinco años, la región acumula 19.254 feminicidios.
La violencia no sólo se mantiene: se diversifica y profundiza, afectando especialmente a jóvenes, indígenas, afrodescendientes, migrantes y mujeres con discapacidad.
En los últimos años, la región asistió al crecimiento de movimientos políticos y sociales de ultraderecha que se presentan como “anti-ideología de género” y que promueven discursos abiertamente hostiles hacia el feminismo, los derechos sexuales y reproductivos, y las comunidades LGBTI.
Este fenómeno tiene efectos concretos, en especial discursos de odio legitimados desde espacios de poder.
En países como Argentina dirigentes públicos han instalado la idea de que el feminismo es “enemigo de la familia”, “adoctrinamiento” o incluso una “amenaza cultural”.
Estos mensajes no sólo polarizan: rebajan la gravedad de la violencia de género, cuestionan las políticas de protección y legitiman la agresión simbólica y física contra mujeres y disidencias.
En algunos contextos, se han desfinanciado programas de asistencia, debilitado ministerios de género y desacreditado las estadísticas oficiales de violencia.
La consecuencia directa es que miles de mujeres pierden acceso a refugios, asesorías legales, líneas de emergencia y acompañamiento estatal.
Por otra parte, el escenario de las redes sociales se ha convertido en un terreno fértil para campañas coordinadas de desinformación y ataques, que buscan deslegitimar la lucha por los derechos de las mujeres.
El clima resultante desalienta denuncias y empodera a agresores.
Aunque no es nueva, la violencia vicaria ha cobrado fuerza en este último año.
Este tipo de violencia se refiere a las agresiones –incluyendo abusos, secuestros o asesinatos– que un agresor ejerce sobre los hijos e hijas con el propósito de castigar o someter a la madre.
Latinoamérica atraviesa un momento crítico. A las violencias históricas se suma un clima político y cultural que amenaza con retrocesos graves en derechos conquistados.
En una región atravesada por silencios cómplices, discursos de odio y una violencia que no retrocede, las mujeres y las disidencias siguen siendo las únicas que nunca dejaron de avanzar.
Y aunque intenten acallarlas, retroceder derechos o borrar luchas enteras, la historia demuestra que cada intento de opresión encendió aún más la llama de la resistencia.
