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Ante otro aniversario del golpe de 1973

Los hoyos del taladro fascista

Gerardo Iglesias

17 | 9 | 2026

Estoy en Santiago. Han pasado 52 años* del golpe de Estado que convirtió a Chile en un gran campo de concentración, al Estadio Nacional en una cárcel a cielo abierto y a la cordillera en el más largo paredón de fusilamiento que la historia conoció.

Camino nuevamente por la Alameda en medio de una jornada de protesta y paro nacional convocado por la Central Unitaria de Trabajadores.

Al pasar por las inmediaciones del Palacio de la Moneda, busco en las paredes de los edificios aledaños los impactos de aquella balacera infernal del 11 de setiembre de 1973.

Ya no se ven. Las fachadas lucen lisas y pintadas con escrupulosidad.

Cijifredo Vera, presidente de nuestra Federación local, identifica la búsqueda en el paneo de mi mirada: las marcas que procuro, cuello en alto. Me lleva unas cuadras más abajo, por la Avenida Bulnes. “Mira, ahí continúan los hoyos”, sentencia sarcástico.

Llevan ahí 52 años, indelebles, corroyendo la piedra. Pero están los otros impactos, las heridas que no se ven, las que el taladro autoritario en 17 años de dictadura pinochetista provocó en el cuerpo de la sociedad toda.

Vuelvo a transitar la Alameda, dándome de lleno con el Palacio de la Moneda. Me invaden las imágenes del edificio gris, envuelto en llamas, el humo surgiendo de todas partes, los boquetes provocados por el bombardeo y francotiradores.

Salvador Allende “el Chicho” −como se le llamaba cariñosamente− viene a mi memoria junto a fragmentos de su último discurso. Su voz serena, clara y pausada en medio de la zozobra.

Embajador del socialismo

Días más tarde otro hombre, chilenísimo aunque sueco de nacimiento, daba muestras de carácter y valor invalorables.

Harald Edelstam, embajador de Suecia en Chile, dejaba en claro que antes que diplomático era socialista, lo cual nunca le perdonaron los inmaculados burócratas de escritorio de su propio país.

La acción desplegada por Edelstam en esas semanas luego del golpe fue un relámpago de arrojo y solidaridad, rasgando el fascistoide manto de oscuridad que cubrió al país andino, en un intento de ocultar la masacre que el neoliberalismo y el imperio estadounidense ejecutaban en el hermano país.

Para muchos suecos justicia social en casa y justicia internacional afuera son parte de la misma lucha”, decía el asesinado primer ministro socialdemócrata Olof Palme.

Harald Edelstam −que obedecía más a la indignación que al frío cálculo diplomático− fue quien mejor interpretó a Palme exponiendo su propia vida para salvar la de otros.

*Nota: Crónica escrita en 2025.
Foto: Gerardo Iglesias