Bolsonaro quedó primero, pero hay segunda vuelta
La esperanza es lo último que se pierde, sugiere el periodista argentino Gustavo Veiga en esta nota escrita desde São Paulo y publicada originalmente en su blog Derribando Muros. Generosamente, Veiga comparte el texto con la Rel UITA, organización con la que ha construido, a lo largo de los años, una entrañable relación de camaradería.
Gustavo Veiga
5 | 10 | 2026

Flávio Bolsonaro, hijo del expresidente Jair Bolsonaro, detenido por golpista, obtuvo ayer domingo un 47,06 por ciento de los votos, frente al 45,13 de Lula, líder histórico del Partido de los Trabajadores (PT). La decisión de quién ocupará el Planalto a partir del 5 de enero de 2027 quedó postergada hasta el 25 de octubre.
En votos, hay unos 2, 5 millones de sufragios de diferencia a favor del ultraderechista. El impulso que había tomado la candidatura de Lula en el tramo final de la campaña tuvo un techo.
El histórico líder del PT que sacó a su país del mapa del hambre en dos oportunidades y el exsenador que hizo valer el peso de un apellido, aunque sin el carisma agresivo de su padre, se verán las caras otra vez en tres semanas.
Si la sorpresa es que ganó Flavio Bolsonaro –venía levemente abajo en todas las encuestas– la certeza es que en Brasil habrá segunda vuelta.
Donde no hubo sorpresas es en cómo se consolidó la ola de extrema derecha en la región, que con efecto dominó ungió a varios presidentes de ese signo político en 2026, a pedir de boca del presidente de Estados Unidos Donald Trump y su secretario de Estado, Marco Rubio, dos halcones que jugaron fuerte para uniformizar el mapa de aliados en América Latina.
Dos horas después de finalizada la votación, la diferencia con que se había adelantado Bolsonaro rondaba los siete puntos y era percibida en el bunker de Lula como una catástrofe.
El espíritu de la militancia del PT y sus aliados en el lobby del hotel paulista donde se alojó el comando electoral del presidente lo sintetizaban las caras largas y las charlas en voz baja.
Algo andaba mal y sobre todo el desarrollo del escrutinio que, incluso, arrojaba como posible un triunfo de la extrema derecha en la primera vuelta. Pero a medida que pasaban los minutos, esa cuasi certeza empezó a desflecarse.
Los números ya fueron otros y Lula, a casi cuatro horas de cerrada la elección, había estrechado aquella diferencia a menos del 3 por ciento.
La algarabía que se veía en el territorio del estado de São Paulo, donde el actual gobernador Tarcisio de Freitas ganó con una holgura desusada, con guarismos semejantes a la ola bolsonarista de las elecciones de 2018, es la radiografía más lograda de la victoria de un proyecto de país.
Al menos en esta primera vuelta, las apelaciones soberanas de Lula, sus palabras contra la injerencia de Trump, aquello que con ironía denunciaban los grafitis callejeros sobre la Avenida Paulista, como el que decía “Make Brazil Quintal Again” (Hagamos de Brasil nuestro patio trasero otra vez), no dieron resultado.
De Freitas, un exmilitar, soldado disciplinado de la causa bolsonarista y gobernador con claroscuros en su gestión, le ganó por paliza a Fernando Haddad, exministro de Economía de Lula. Con el 99,66 por ciento de los votos contados, la diferencia era de 62,64 a 36,43 por ciento. Sao Paulo reúne a casi un cuarto del electorado nacional.
Los resultados paulistas fueron una demostración del músculo derechista en todo el país, la réplica en buena medida de elecciones anteriores.
Entre la militancia petista corrió rápido una hipótesis para acercar una explicación: que el aparato de la ultraderecha se volcó masivamente a las urnas para sentar presencia en los principales estados del centro-este, donde se concentra la mayor proporción del electorado brasileño.
Bolsonaro ganó en 15 estados −contando el distrito federal de Brasilia− y Lula en 12. El nordeste se tiñó, como tantas otras oportunidades, del rojo del PT, y el centro y sur del país del azul del Partido Liberal (PL) del ultraderechista.
Si Lula lograra salir de su delicada situación electoral debería además lidiar con un Congreso donde los senadores y diputados de las distintas expresiones de la extrema derecha ganaron bancas en casi todos los estados.
En el de São Paulo, el PL sumó, al senador que ya tenía, dos más. Una cantidad que se compadece con el triunfo demoledor de De Freitas.
Si hay un dato en que el PT y sus aliados pueden apoyarse para soñar con una remontada a finales de octubre, es que el promedio de abstención nacional rondó el 20 por ciento.
De los 158,7 millones de brasileños habilitados a votar, a las urnas solo concurrieron unos 125 millones, el 78,93 por ciento. Muchos se quedaron en sus casas y seguramente tendrán la llave de lo que suceda el domingo 25.
(…) Otra tabla de salvación a la que puede aferrarse el PT en este mar bravío en que se convirtió el proceso electoral brasileño son los 2.291.212 de electores que votaron en blanco, equivalentes al 1,84 por ciento del padrón.
Lula declaró, ya de noche y con el escrutinio terminado: “Muchas veces el resultado es inesperado y confieso que estaba convencido de que iría a ganar la elección en el primer turno”.
“En la segunda vuelta será la hora de mostrar la verdadera fotografía del Brasil de hoy y el que la gente quiera. A partir de mañana comenzaremos una nueva campaña. La población va a poder mostrar las diferencias entre las dos propuestas para Brasil”.
Triste, pero entero, el presidente dijo a los periodistas que estaban presentes en el bunker del PT: “Del otro lado hay una biografía con un pasado tenebroso, con sospechas gravísimas de corrupción. Todo eso va a quedar muy claro”.
