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Con Jair Krischke

Hay victorias que justifican
toda una vida de lucha

La detención en Brasil del represor uruguayo Pedro Antonio Mato Narbondo, condenado en Italia por crímenes del Plan Cóndor, representa un acontecimiento de enorme trascendencia jurídica e histórica. Pero hay historias que no pueden contarse solamente desde los expedientes judiciales, las resoluciones de los tribunales o los comunicados oficiales.

Amalia Antúnez

4 | 11 | 2026

Algunas necesitan también de la memoria, de los afectos y de las personas que dedicaron buena parte de su vida a hacer posible que la justicia, aunque tarde, llegue.

Para Jair Krischke, fundador y presidente del Movimiento de Justicia y Derechos Humanos (MJDH) de Porto Alegre y asesor de la Rel UITA desde los años 80, esta detención es mucho más que un resultado judicial: es la culminación de décadas de investigación, perseverancia y compromiso con las víctimas del terrorismo de Estado.

Tuve la fortuna de conocer a Jair hace casi dos décadas, cuando ingresé a trabajar en la Regional. Para mí, ha sido siempre un referente, de esos que enseñan mucho más con lo que hacen que con lo que dicen. Alguien a quien admiro profundamente por su tenacidad, su coherencia y esa obstinación casi entrañable con la que persigue a los responsables de los crímenes del terrorismo de Estado.

Esta vez, cuando hablamos, la satisfacción se le notaba en la voz. Y no es para menos.

Hay victorias que no se miden solamente por una sentencia. Se miden por los años de lucha que las hicieron posibles, por las personas que nunca abandonaron la búsqueda y por la esperanza de tantas familias que buscaron durante décadas una respuesta de la Justicia.

La detención de Pedro Antonio Mato Narbondo en Santana do Livramento, Brasil, es una de ellas.

Después de una larga trayectoria de denuncias, investigaciones y gestiones judiciales internacionales, el exmilitar uruguayo, condenado a prisión perpetua en Italia por su participación en los crímenes del Plan Cóndor, fue detenido el 28 de octubre de 2026 y trasladado a la Penitenciaría Estadual de Santana do Livramento.

La decisión fue posible luego de que la Corte Especial del Superior Tribunal de Justicia (STJ) de Brasil homologara la sentencia italiana y autorizara su ejecución en territorio brasileño, convirtiendo la pena de prisión perpetua en 30 años de reclusión, conforme a la legislación de ese país.

Pero para entender lo que significa este momento hay que volver atrás. Mucho más atrás.

Una historia de investigación y perseverancia

La historia no comenzó con la detención ni con la repercusión televisiva de estos días. Detrás hay décadas de trabajo paciente, seguimiento y una voluntad que no se dejó vencer por el paso del tiempo.

Krischke recuerda que sus primeros contactos con el procurador italiano Giancarlo Capaldo se remontan a diciembre de 1999, cuando este se encontraba en la Embajada de Italia en Buenos Aires. Allí se convocó a familiares y personas vinculadas a las investigaciones. Jair participó y brindó uno de sus primeros testimonios sobre casos relacionados con víctimas de la represión en Brasil y Argentina.

Años después, el trabajo de seguimiento permitió localizar a Mato Narbondo en Santana do Livramento.

Jair recuerda que remitió esa documentación al procurador italiano, incluyendo una fotografía de la vivienda donde residía el militar retirado y antecedentes sobre su nacionalidad brasileña.

Lo cuenta con la precisión de quien tiene muy presente cada paso de una investigación que llevó años: “Envié una carta a Capaldo documentando dónde se encontraba Mato Narbondo y su situación legal”.

Sin garantía de impunidad

Mato Narbondo, nacido en Rivera, fue oficial del Ejército uruguayo y actuó en el aparato represivo del Plan Cóndor. En julio de 2019, la Corte de Apelaciones de Milán lo condenó a cadena perpetua por su participación en el secuestro, las torturas y el asesinato de cuatro ciudadanos ítalo-uruguayos en Buenos Aires, entre el 8 y el 9 de junio de 1976: Gerardo Gatti, María Emilia Islas de Zaffaroni, Armando Bernardo Arnone Hernández y Juan Pablo Recagno Ibarburu. La condena quedó firme en julio de 2021.

Hijo de madre brasileña, obtuvo el reconocimiento de su nacionalidad en 2003 y, por esa condición, no podía ser extraditado. Italia solicitó entonces que la pena se ejecutara en Brasil. El caso abrió un camino jurídico novedoso: homologar una sentencia penal extranjera y hacer efectiva la condena en territorio brasileño, como ya
había ocurrido con el antecedente del futbolista Robinho.

El MJDH intervino en el procedimiento como amicus curiae, aportando argumentos a favor de la homologación de la condena italiana.

La Corte Especial del STJ resolvió, por mayoría de 12 votos contra 3, aceptar la ejecución de la pena. La resolución también abordó los argumentos relativos a la amnistía y la prescripción de los crímenes de lesa humanidad, en consonancia con los estándares de la Corte Interamericana de Derechos Humanos.

“Esta es una gran noticia para los uruguayos porque se trató de víctimas uruguayas y de un canalla uruguayo que fue preso, pero para Brasil es histórico porque abre un precedente muy importante en el camino de juzgar crímenes de lesa humanidad”, dice Jair.

Está pletórico. Y mientras lo escucho no puedo dejar de pensar en todo lo que hay detrás de esa construcción histórica. También en el cuerpo que ha puesto en esta lucha. En uno de sus viajes de regreso de Italia, adonde había ido a testimoniar en la megacausa del Plan Cóndor, tuvo que ser intervenido quirúrgicamente: dos puentes de safena. Y aquí está, todavía, con la misma energía, para disfrutar una victoria que trasciende largamente el expediente.

Al analizar el alcance de la decisión, agrega: “Aclara y modifica la jurisprudencia de Brasil de una manera fantástica”.

La noticia, con gran destaque de la Rede Globo, principal emisora del país, tuvo una repercusión que superó las expectativas de quienes participaron en el proceso. Jair cuenta que recibió mensajes de felicitación y reconocimiento desde distintas regiones de Brasil: Recife, Salvador, São Paulo, Río de Janeiro y Curitiba, entre otras ciudades.

Entonces le pregunto qué sintió. “Es como que me hubiera tomado varias dosis de aguardiente, con esa euforia estoy aún. Solo en este caso de Mato Narbondo fueron 27 años de lucha para que se haga algo de justicia”, me dice.

Aunque sean cinco minutos

La defensa de Mato Narbondo solicitó que pudiera cumplir la condena bajo prisión domiciliaria, argumentando su edad, 85 años, y supuestos problemas de salud. La solicitud deberá ser examinada por la autoridad judicial competente.

Aunque Jair se muestra en desacuerdo con ese beneficio, cuando la conversación vuelve sobre el sentido más profundo de esta larga historia aparece una frase suya que dice mucho más que cualquier análisis jurídico.

“Yo me conformaba con que este criminal pasara al menos cinco minutos en la prisión. Va a estar un poco más; así que lo que suceda después ya no es tan importante. Vencimos”, sentencia.

Cuelgo el teléfono y pienso cuánto le debemos a este gaúcho afable, carismático y entrador que, a sus ochenta y tantos años, nunca dejó de buscar, de insistir.

Alguien que entiende que la memoria no es un ejercicio de nostalgia, sino una responsabilidad con el presente y con el futuro. Y también la única garantía de un nunca más.

Foto: Gerardo Iglesias