América Latina | SOCIEDAD | 1° de MAYO

Día Internacional de los Trabajadores

La vida en el centro

Un nuevo 1° de mayo se aproxima y desde este sur del mundo ensayamos una reflexión: el trabajo sigue siendo el eje sobre el que se organiza la vida social, pero también el terreno donde se expresa con mayor crudeza la desigualdad.

Amalia Antúnez

30 | 4 | 2026

En América Latina, esa desigualdad no es una anomalía ni una falla del sistema. Es, más bien, su condición de funcionamiento.

Durante décadas se nos prometió que el crecimiento económico, la modernización y la integración global traerían bienestar.

Sin embargo, los datos y la experiencia cotidiana cuentan otra historia: la riqueza se concentra, el trabajo se precariza y amplias mayorías quedan atrapadas en una vida cada vez más incierta.

La región sigue exportando valor e importando desigualdad.

En este escenario, el avance de las derechas ─en América Latina y en el mundo─ no puede entenderse solo como un giro ideológico, sino como una respuesta política a una sociedad fragmentada.

Donde se debilitan los lazos colectivos y se diluye la conciencia de clase, prosperan discursos que convierten el malestar social en enojo individual, y la injusticia estructural en culpa personal.

La inteligencia artificial en los comandos

Se reemplaza la pregunta por la distribución de la riqueza por la obsesión con el mérito, como si las condiciones de partida fueran iguales para todos.

Mientras tanto, otro proceso avanza, más silencioso y a la vez omnipresente. Las tecnologías digitales y la inteligencia artificial se integran a la vida cotidiana con una velocidad que no siempre deja espacio para preguntarse por sus consecuencias.

Se las presenta como inevitables, neutrales, casi naturales. Pero no lo son. Se desarrollan dentro de las mismas relaciones de poder que organizan la economía.

Prometen eficiencia, optimización, futuro. Y, sin embargo, muchas veces profundizan viejas lógicas: más control, más vigilancia, nuevas formas de explotación.

El trabajador ya no solo vende su fuerza de trabajo; también produce datos, alimenta algoritmos y queda expuesto a evaluaciones constantes, invisibles y automatizadas.

Las plataformas flexibilizan hasta el límite los derechos laborales. Los sistemas automatizados ordenan, asignan, clasifican.

La precariedad y sus lenguajes

El empleo estable deja de ser la regla para convertirse en excepción. La precariedad adopta un nuevo lenguaje, más técnico, más sofisticado, pero no por eso menos real.

Sin embargo, el problema no es la tecnología en sí misma, sino quién la controla y con qué fines.

Una inteligencia artificial orientada al bien común podría mejorar la calidad de vida, reducir jornadas laborales y democratizar el acceso al conocimiento.

Pero en ausencia de regulación y organización social, su impacto tiende a reproducir ─y amplificar─ las desigualdades existentes.

Por eso, el 1° de mayo no es solo una conmemoración que nos recuerda antiguas luchas, sino una interpelación al presente.

Por una nueva organización de clase

Sin formas renovadas de organización colectiva, sin reconstrucción de la conciencia de clase; sin recuperar la idea de que los problemas son compartidos, el horizonte difícilmente cambie.

La historia demuestra que ningún derecho laboral fue concedido de manera espontánea.

Todos fueron el resultado de luchas concretas y en un mundo donde las formas de explotación cambian, pero no desaparecen, la pregunta sigue siendo la misma: cómo construir poder colectivo en sociedades que empujan, cada vez más, hacia el aislamiento.

Tal vez el mayor desafío de nuestro tiempo no sea solo resistir el avance de modelos regresivos, sino imaginar y construir alternativas que pongan la vida –y no la rentabilidad– en el centro.

Ese sigue siendo, en esencia, el sentido más profundo de esta fecha.

Foto: Gerardo Iglesias