A 50 años del golpe de Estado en Argentina
El pasado viernes 20 llegué al ex centro clandestino de detención, tortura y exterminio “La Perla”, en Malagueño, Córdoba. El predio, silencioso y extenso, guarda en su tierra una de las páginas más oscuras de la última dictadura militar argentina. En el sector conocido como Loma del Torito fueron hallados los restos de 12 personas desaparecidas. Caminar por allí es sentir que el pasado todavía interpela.
Nelson Godoy
31 | 3 | 2026

En el ingreso me recibió Clarisa Villares, trabajadora del Espacio para la Memoria y Promoción de Derechos Humanos “La Perla”. Su voz, firme pero atravesada por una historia personal, marcó el tono del recorrido. Clarissa es prima de Carlos Alberto D’Ambra Villares, uno de los restos identificados recientemente por orden del juez federal Miguel Hugo Vaca Narvaja, en el marco de la causa por “enterramientos clandestinos”.
“Bienvenido a La Perla”, me dijo mientras avanzábamos hacia los primeros pabellones. “Este fue el centro clandestino más grande del interior del país y el tercero a nivel nacional”. Entre 2.200 y 2.500 personas pasaron por allí; apenas un 10% sobrevivió.
“Cuando hablamos de este lugar —aclaró— ponemos el acento en la palabra exterminio. Ese era su rol dentro del circuito represivo de Córdoba”.
La historia del lugar es tan inquietante como precisa. Construido en 1975 como contraprestación por la obra de la autopista, comenzó a funcionar como centro clandestino tras el golpe del 24 de marzo de 1976. Operó hasta fines de 1978, cuando la presión internacional obligó al gobierno de facto a desmantelar estos espacios. Luego fue pintado, maquillado y reconvertido en cuartel hasta 2007, cuando el presidente Néstor Kirchner lo cedió a la Comisión Provincial de la Memoria.
Desde entonces, el sitio se conserva casi intacto. “No intervenimos los exteriores”, explicó Clarisa. “Lo que sí transformamos es el sentido de los interiores: hoy hablan desde la memoria, la resistencia, la solidaridad”.
En el recorrido aparecen salas que reconstruyen fragmentos de vidas: el Memorial —aún incompleto, porque faltan nombres y fotos—; la sala de sobrevidas, donde objetos y testimonios de sobrevivientes conectan pasado y presente; la sala de identidad de Abuelas de Plaza de Mayo; y Rebeldías, que contextualiza el clima social y político de los años previos al golpe.

Uno de los sectores más impactantes es La Cuadra, donde los detenidos permanecían hacinados sobre colchonetas de paja. El silencio del lugar contrasta con el relato de Clarisa: “A este sector llegaban por la calle de las piedritas. Ellos la llamaban así porque podían reconocer el sonido al ser trasladados con los ojos vendados”.
La visita continúa hacia la sección Ablande, donde comenzaba la tortura psicológica y física. Ese sector, igual que la sala de tortura, permanece cubierto por acrílicos debido a una medida judicial de no innovar. La crudeza del espacio no necesita demasiadas palabras.
En la sección Automotores, donde se preparaban vehículos robados para operativos de secuestro, Clarisa relató cómo los detenidos eran obligados a realizar trabajo esclavo. Allí también se acumulaban objetos robados en allanamientos: autos, motos, electrodomésticos e incluso mascotas. Hoy ese espacio alberga muestras realizadas para los juicios y trabajos en conjunto con universidades.
El recorrido culmina en La Margarita, la sala donde se realizaban las torturas. El aire se vuelve más denso. La historia pesa.
Al salir, el silencio del predio se mezcla con una certeza: La Perla no es solo un lugar del pasado. Es un recordatorio vivo de lo que ocurrió y de lo que nunca debe repetirse.
Me fui con el cuerpo cargado de emociones y la convicción de que la memoria es un ejercicio colectivo, necesario y urgente. Porque lo que pasó aquí debe seguir contándose, generación tras generación.
