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Once años de Ni Una Menos

El eco de una violencia que no cesa

Hay noticias que una lee como periodista y otras que atraviesan el cuerpo. El caso de Agostina Vega pertenece a estas últimas. Quizás porque tenía la edad de mi hija. Quizás porque, mientras leía cada detalle, era imposible no imaginar el terror. O quizás porque en cada nuevo femicidio hay algo que ya conocemos demasiado: la certeza de que pudo haberse evitado.

Amalia Antúnez

3 | 6 | 2026

El asesinato de Agostina volvió a encender en Argentina y en la región un debate que nunca debería apagarse: el de la violencia de género y las fallas estructurales de un sistema que sigue llegando tarde para proteger a las mujeres.

Pero también dejó al descubierto algo todavía más profundo y peligroso: el impacto real que tienen los discursos de odio cuando son legitimados desde espacios de poder.

Porque cuando desde el gobierno se minimiza la violencia machista, se ridiculiza el feminismo o se desmantelan programas de prevención y asistencia, no se trata solamente de una discusión ideológica.

Las consecuencias se miden en vidas. En mujeres que quedan desprotegidas. En denuncias que no encuentran respuesta. En niñas y adolescentes que crecen en una sociedad donde el miedo está instalado como parte de la vida cotidiana.

Más allá de las cifras

Los números son una prueba brutal de esa realidad.

Según un informe del Observatorio de las Violencias de Género Ahora Que Sí Nos Ven, y la Universidad Nacional del Delta, entre el 1 de enero y el 24 de mayo de 2026 hubo 99 víctimas letales de violencia machista en Argentina. Noventa y nueve vidas truncadas en menos de cinco meses. Noventa y nueve historias, familias y futuros interrumpidos.

Pero detrás de cada cifra hay rostros. Hay madres que esperan un mensaje que nunca llega. Hay amigas que repasan conversaciones buscando señales. Hay hijas que aprenden demasiado temprano que ser mujer en América Latina sigue siendo, muchas veces, vivir en estado de alerta.

Y esa es quizás la herida más profunda que deja cada femicidio: el miedo compartido. El miedo de las adolescentes que vuelven solas a casa. El de las madres que esperan despiertas. El de quienes saben que ninguna medida individual alcanza cuando la violencia es estructural.
En ese escenario, también resulta imposible ignorar la responsabilidad de muchos medios masivos de comunicación.

Cada vez que una cobertura pone bajo sospecha a la víctima, cuestiona a la madre, analiza cómo estaba vestida una adolescente o se pregunta por qué no denunció antes, el foco del debate vuelve a desviarse. La violencia deja de estar en el agresor y pasa a recaer, otra vez, sobre quienes la padecen.

Una trama sostenida

Lo que ocurre en Argentina no es un hecho aislado. América Latina continúa siendo una de las regiones más peligrosas del mundo para las mujeres.

Del norte al sur del continente, los femicidios, las desapariciones, la violencia doméstica y los ataques sexuales forman parte de una trama sostenida por la desigualdad, la impunidad y la precarización de las políticas públicas.

Sin embargo, también existe otra trama: la de las mujeres organizadas. La de las que marchan, denuncian, acompañan y sostienen redes de solidaridad. Cada movilización de Ni Una Menos nació justamente de esa necesidad colectiva de transformar el dolor en acción y el miedo en lucha.

Este caso que hoy convoca a una nueva marcha, no debería convertirse en un nombre más dentro de una estadística. Debería obligarnos a preguntarnos qué sociedad estamos construyendo cuando se recortan recursos destinados a proteger vidas y se naturalizan discursos que alimentan el desprecio y la violencia.

¿Hasta cuándo?

¿Cuántas muertes más harán falta para que la violencia machista sea tratada como una verdadera emergencia social?

Tal vez no exista una solución única ni respuestas inmediatas para una violencia tan profunda y estructural, pero podemos insistir en educar.

No una educación reducida a consignas vacías o fechas en el calendario escolar, sino una educación capaz de enseñar desde temprano el valor del respeto, del consentimiento, de la empatía y de la igualdad.

Una educación que ayude a desarmar la idea de que las mujeres deben vivir con miedo y los varones demostrar poder mediante la violencia.

Porque la violencia machista no nace de un día para otro. Se construye lentamente en los silencios, en los chistes que humillan, en la naturalización del control, en la romantización de los celos, en los discursos que enseñan que algunas vidas valen menos que otras.

Cuando se atacan las políticas de educación sexual integral, cuando se demoniza la perspectiva de género, lo que realmente se está discutiendo es qué tipo de sociedad queremos construir. Y los resultados de desmontar esas herramientas ya están a la vista.


Fotos Gerardo Iglesias – Marcha Ni Una Menos – Buenos Aires -2017