Amalia Antúnez
8 | 6 | 2026

Uno de estos días, después de que se conociera la noticia de la muerte del Indio Solari, leí un posteo que tradujo exactamente lo que yo venía sintiendo desde hacía horas. Era una historia de Instagram del fotógrafo Santiago Mazzarovich.
Lo aclaro, primero por respeto al autor y segundo porque ya no recuerdo el texto exacto; lo que sigue es apenas una reconstrucción aproximada de aquella sensación compartida.
La rebeldía como lenguaje, la desconfianza hacia el poder, la poesía callejera, la defensa de los márgenes, de los derrotados, de los que nunca encajan del todo y como corolario de todo eso, el amor, se destaca en la obra del Indio Solari.
Todo eso estaba ahí, en sus letras, en sus recitales convertidos en peregrinaciones multitudinarias, en esa liturgia colectiva que parecía sobrevivir incluso a la propia industria musical.
La fila interminable avanzando lentamente por más de cincuenta cuadras, la gente abrazada, las banderas gastadas por los años, hombres y mujeres llegados desde distintos puntos del país e incluso del exterior, esperando apenas unos segundos frente al féretro, tenían una dimensión que excedía cualquier discusión musical.
Ya no se trataba solamente de un cantante. Era otra cosa: el final de un tiempo, de una forma de entender la cultura popular argentina, de una generación que encontró en esas canciones una manera de resistir al desencanto.
Y debo confesar que, igual que el dueño de aquel posteo con el que tanto me identifiqué, viendo esa multitud despedir al Indio no solo me conmoví hasta las lágrimas. También sentí una extraña envidia. La envidia de no haber podido pertenecer completamente a ese ritual pagano que durante décadas convocó multitudes en cada recital y que este domingo volvió a reunirlas, esta vez para despedirlo.
Porque hay algo profundamente humano en esas comunidades emocionales que nacen alrededor de ciertos ídolos populares. Algo difícil de explicar para quien queda apenas en la periferia del fenómeno.
Los ricoteros no lloraban solamente a Carlos Alberto Solari. Lloraban una parte de sí mismos: la juventud, los viajes interminables, los amigos que ya no están, las noches de ruta, los recitales como refugio y como bandera.
Entre las decenas de despedidas que el algoritmo me acercó, se percibe muchos más que la admiración por un músico, algo más profundo y poderoso: el hecho que algunas voces pueden cambiar destinos, ofrecer sentido y hasta salvar vidas.
Y también despedían a un artista que jamás eligió la comodidad de la neutralidad. El Indio defendió públicamente a las Abuelas de Plaza de Mayo, denunció los pactos de silencio de la dictadura y sostuvo, incluso en los momentos más hostiles, una idea profundamente ética de la memoria. En tiempos de negacionismo y tibieza progresista, él nunca escondió de qué lado estaba.
No me siento con autoridad para hablar del Indio como lo hacen sus fanáticos, los que lo siguieron durante décadas y construyeron alrededor suyo una verdadera religión popular. Pero tal vez tampoco haga falta decir demasiado. Las más de cincuenta cuadras de fila para despedirlo hablan por sí solas.
Y quizás por eso tampoco pudieron encerrarlo en un funeral solemne ni convertirlo en una ceremonia oficial en la Casa Rosada. Su despedida terminó siendo exactamente lo contrario: un río desbordado de bronca, rebeldía y amor popular avanzando por las calles.
Esa mezcla tan argentina de tristeza y resistencia. La sensación de que “el lujo es vulgaridad”, de que “el futuro llegó hace rato” y de que, aun en medio del derrumbe, siempre habrá alguien dispuesto a cantar que “nadie es capaz de matarte en mi alma”.
Quizás ahí radique la verdadera dimensión de su figura. No en los discos vendidos ni en el mito construido alrededor de su silencio, sino en haber logrado que generaciones enteras encontraran en sus canciones un lugar para la rabia, para la ternura y para la dignidad.
Y mientras la fila seguía avanzando bajo el cielo gris de Avellaneda, quedó claro que para figuras como el Indio Solari la muerte jamás tendrá la última palabra.
