Medio siglo después, decenas de desaparecidos dejan de serlo
“Pese al esfuerzo miserable que hicieron por esconderlos, los encontramos”, dijo Paula Mónaco Felipe al enterarse de que los restos de sus padres, desaparecidos desde hace cinco décadas, habían sido identificados en las inmediaciones del centro clandestino de detención de La Perla, en la provincia de Córdoba.
Daniel Gatti
13 | 5 | 2026

Este martes 12, en una conferencia de prensa, el juez Hugo Vaca Narvaja confirmó que se había podido establecer la identidad de 17 cuerpos hallados entre setiembre y noviembre pasados en un paraje conocido como Loma del Torito. En marzo se había anunciado la identificación de otros 12.
Todo gracias a la labor del Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF), un cuerpo de investigadores universitarios que trabaja desde hace décadas en la materia y ha colaborado en la búsqueda e identificación de desaparecidos en varios países de América Latina y ahora lo está haciendo en España.
La gente del EAAF seguirá manos a la obra en las inmediaciones del campo de La Perla, convencida de que hay todavía fosas clandestinas a descubrir en la zona.
Testimonios de víctimas, documentación y confesiones de represores han permitido concluir que por ese centro clandestino pasaron de 2.200 a 2.500 personas entre 1976 y 1978.
La gran mayoría fueron ejecutados y sus cuerpos desaparecidos. Sus verdugos los sacaban de sus mazmorras en camiones, con los ojos vendados y las manos atadas, los fusilaban y los enterraban en pleno campo.
Hubo gente, ciudadanos de a pie, que aportaron datos sobre los posibles lugares de las ejecuciones que ayudaron al EAAF en sus búsquedas.
Algunos de los cuerpos fueron removidos de sus tumbas clandestinas en 1979 cuando a Argentina llegó una misión de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) que tuvo conocimiento de los enterramientos clandestinos.
Pero esas remociones dejaron huella. Para poner nombre a las 32 personas cuyas filiaciones fueron comunicadas entre marzo y este martes, el EAAF trabajó a partir de más de 1.200 pequeños fragmentos de huesos dispersos y objetos con los cuales los fusilados fueron enterrados. Y medio siglo después el ADN habló.
“Pese a que la materia se degrada con el paso del tiempo los estamos encontrando. Lo único que quiero es que podamos encontrarlos a todos. Mi familia se quita una capa gris y vuelve a vivir en colores. Estamos muy agradecidos. La tierra nos guardó estos restos”, dijo Paula Mónaco Felipe al diario Página 12 desde México, donde se radicó en 2004.
Paula no era más que una bebé de menos de un mes cuando su madre y su padre, Ester Felipe y Luis Mónaco, ella psicóloga, él periodista, ambos veinteañeros, desaparecieron, en 1978. Sus cuerpos fueron hallados uno al lado del otro.
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“Hay algo muy fuerte en encontrarlos juntos. Estuvieron juntos 48 años bajo tierra y después de tanto movimiento. No sabemos bien cómo interpretarlo, pero nos da un impulso de amor muy grande”.
“Los sacamos de la condición de desaparecidos”, se alegró también Roberto Doldán, hermano de Graciela Doldán, una abogada laboralista militante a la que llamaban “La Gorda” y que, según el testimonio de una sobreviviente del campo, Graciela Geuna, era quien daba ánimo a los secuestrados.
El día de febrero de 1977 en que se la llevaron para asesinarla (“trasladarla”, se decía en la jerga militar) Graciela Doldán pidió que no le vendaran los ojos ni la ataran y se despidió de sus compañeros poniendo los dedos en V.
“Todos tenemos personas simbólicas que nos dan fuerza. La Gorda representaba el amor a todos. Nos cuidaba. Y yo creo que nosotros en nuestro grupo estamos cuidándonos”, comentó Graciela Geuna, cuyo marido, Jorge Cazorla, también secuestrado en La Perla, sigue desaparecido.
De él se encontró sola una medallita que llevaba cuando los secuestraron, pero aún no sus restos.
“Nuestros desaparecidos son un colectivo bajo tierra. Están hace 50 años juntos, pero también estuvieron juntos en ideales”, afirmó Geuna.
