Bajo tierra, una de las mayores reservas de potasio del planeta. En la superficie, un proyecto que parece una promesa de desarrollo. Y en los informes financieros, una oportunidad estratégica para reducir la dependencia agrícola de Brasil.
Carlos Amorín
30 | 3 | 2026

Pero en Autazes, en el corazón de la Amazonía, esta historia se escribe en otro idioma: el de la disputa territorial.
La empresa Brazil Potash avanza con un proyecto de miles de millones de dólares que podría cubrir cerca del 20 por ciento de la demanda nacional de potasio, un insumo clave para la producción de fertilizantes.
En un mundo atravesado por crisis geopolíticas y cadenas de suministro frágiles, el argumento es poderoso: soberanía alimentaria.
Brasil importa más del 85 por ciento de sus fertilizantes y más del 95 por ciento del potasio que consume. Reducir esa dependencia no es solo una decisión económica: es una apuesta estratégica global. Por eso, el proyecto de Autazes aparece incluso en foros internacionales como pieza clave para la seguridad alimentaria.
Sin embargo, esta vulnerabilidad no se limita al potasio. La producción de fertilizantes está profundamente atada a la disponibilidad de energía fósil, especialmente gas natural y petróleo. El gas es el insumo central para fabricar fertilizantes nitrogenados como la urea, y puede representar entre el 60 y el 80 por ciento de los costos de producción.
Hoy, esa dependencia energética se ha convertido en un factor crítico. La escalada del conflicto en Medio Oriente ha alterado el suministro global de petróleo y gas, generando aumentos abruptos de precios y riesgos de desabastecimiento.
El cierre o bloqueo de rutas estratégicas como el estrecho de Ormuz –por donde circula una parte sustancial de la energía mundial– ha sido señalado como una de las mayores amenazas a la seguridad energética global.
Además, las interrupciones logísticas en países productores del Golfo afectan tanto la producción como la exportación de fertilizantes, profundizando la incertidumbre.
Así, la ecuación es clara: sin energía barata no hay fertilizantes accesibles y, en este modelo de producción y comercio, sin fertilizantes no hay producción agrícola suficiente.
Pero ese subsuelo brasileño rico en minerales coincide con otra riqueza menos visible: territorios indígenas. El pueblo Mura sostiene que esas tierras son ancestrales. Y aunque muchas aún no están formalmente demarcadas, eso no borra su existencia. Al contrario, la falta de reconocimiento legal se convierte en la grieta por donde avanzan proyectos extractivos.
Desde hace años, el Ministerio Público Federal cuestiona el proceso. La disputa no es solo ambiental, sino jurídica: quién tiene la competencia para autorizar el proyecto y, sobre todo, si hubo una consulta válida a las comunidades.
Las denuncias no son menores. Fiscales brasileños han señalado posibles irregularidades en el licenciamiento, ausencia de consulta adecuada y riesgos ambientales significativos.
En paralelo, organizaciones como Amazon Watch denuncian incluso la invisibilización del pueblo Mura en documentos oficiales, donde son descritos como “colectivos rurales”, diluyendo su identidad indígena.
La tensión no es solo entre empresa y comunidad. También atraviesa al propio pueblo Mura. Algunas aldeas ven en la mina una oportunidad: empleo, infraestructura, acceso a servicios básicos. Otras perciben una amenaza directa a su territorio, su cultura y su forma de vida. Esa fractura interna es, muchas veces, el terreno más fértil para que los proyectos avancen.
La historia se repite: promesas de desarrollo enfrentadas a riesgos ambientales. Estudios citados en investigaciones periodísticas y judiciales advierten sobre posibles impactos en acuíferos, contaminación del agua y alteración de ecosistemas locales.
Pero hay un actor que rara vez aparece en la escena: el capital financiero. El banco suizo UBS (Union Bank of Switzerland) y los estadounidenses Morgan Stanley, Rockefeller Capital Management y Goldman Sachs declararon poseer o administrar acciones de Brazil Potash, empresa canadiense responsable del proyecto. No operan excavadoras ni negocian directamente con comunidades, pero su rol es decisivo: financian, legitiman y sostienen.
En los informes corporativos, estos mismos actores afirman respetar estándares internacionales de derechos humanos. En la práctica, el caso de Autazes expone una zona gris oscura: ¿hasta dónde llega la responsabilidad de un inversor?
Mientras tanto, la empresa defiende su posición. Sostiene que cumple la legislación brasileña, que el proyecto no se ubica en tierras indígenas oficialmente reconocidas y que cuenta con apoyo significativo dentro de las comunidades.
De un lado, el consabido discurso del desarrollo, empleo, infraestructura, soberanía agrícola y seguridad energética. Del otro, el de la permanencia y la resiliencia: territorio, identidad y continuidad cultural.
El problema es que no se trata de un debate abstracto. En Autazes, la mina no es una idea, es una obra que avanza, respaldada por licencias estatales, con disputas judiciales en curso y financiamiento internacional en consolidación.
Y ahora, además, se inscribe en una crisis mayor: la del sistema energético global. Una crisis que revela que la agricultura moderna depende tanto del subsuelo –minerales como el potasio– como del flujo constante de petróleo y gas. Cuando ese flujo se interrumpe, no solo suben los precios: se tensiona toda la cadena alimentaria mundial.
En la Amazonía, como en tantos otros lugares, el “desarrollo” parece pretender imponerse con una condición no escrita: alguien siempre queda afuera. Y ya sabemos quiénes son.
