Una elección histórica
Brasil sacó la cara por toda América Latina. Fue un enorme alivio y un reafirmar de la convicción de que cuando hay voluntad de hacerle frente al enemigo, por más arrogante y poderoso que se sienta, se puede.
Daniel Gatti
26 | 10 | 2026

Nadie creía que fuera posible. Remontar una derrota en primera vuelta nunca se había producido en Brasil.
Lula, el Partido de los Trabajadores, la izquierda toda, los movimientos sociales tenían que luchar además contra una maquinaria de propaganda gigantesca y aceitada y contra la injerencia apenas disimulada de los propietarios de las empresas tecnológicas que manejan esas fábricas de creación de opinión que son las redes sociales.
Y por supuesto contra la injerencia nada disimulada de Estados Unidos y de todos sus acólitos en la región y más allá, que jugaron a fondo en favor de Flávio Bolsonaro. Donald Trump, Benjamin Netanyahu, Javier Milei, Abelardo de la Espriella no se guardaron nada en ese sentido.
Emocionaba ver ayer desde la mañana temprano a masas y masas de gente agolpándose en los ómnibus que los trasladarían a los circuitos electorales, fluyendo hacia las canoas que los conducirían por ríos aun bajo la lluvia, como había emocionado el día anterior ver a la multitud que se dio cita en la Avenida Paulista de Sao Paulo para protagonizar uno de esos gestos políticos que marcan la historia.
Conmovía ver la movilización de una juventud que en todo el mundo está saliendo a la calle, desde Francia a India, de Italia a Serbia, de España a Brasil.
Se jugaban nada menos que su futuro –sus libertades, sus trabajos, sus esperanzas de un mundo algo mejor- los jóvenes brasileños ante la posibilidad de un retorno al poder del clan Bolsonaro.
En las calles, en las redes lo hicieron sentir.
Aun así, el temor estaba instalado de que no se pudiera, porque los adversarios eran demasiado poderosos y también se jugaban una parada muy fuerte: entre otras cosas, para Estados Unidos, hacerse de Brasil significaba cerrar el círculo del dominio total sobre casi toda América del Sur, esa región que ha vuelto a ser, incluso en su discurso oficial, su “patio trasero”.
Y si no podían por las buenas lo harían por las malas. Lula debió poner todo su peso para lograr que los circuitos cerraran dos horas más tarde porque en algunas regiones hubo alcaldes que intentaron impedir que a gente llegara a los locales de votación.
Ahora están intentando instalar el relato del fraude. Trump lo dice abiertamente.
“Tuvimos que vencer la intromisión extranjera”, dijo Lula con la voz quebrada en la noche del domingo.
Para ellos, la paliza fue grande. Ojalá lo de Brasil represente un espaldarazo a un movimiento popular que en el mundo entero necesita de patriadas de este tipo para volver por sus fueros y comenzar a dar vuelta la pisada.
