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Milei entrega Argentina a la órbita de Trump y arrasa los derechos laborales

Los derechos no se suplican, se defienden

La ofensiva ultraliberal que hoy golpea a Argentina ya tuvo eco en España: cuando se debilitan los derechos laborales, siempre pagan los mismos, escribe en esta columna el histórico dirigente de Comisiones Obreras, resaltando también que la resistencia social a la reforma laboral del ultraderechista Javier Milei es alentadora.

Gonzalo Fuentes

13 | 2 | 2026

En Argentina ya se sienten los efectos de la reforma laboral. Las calles vuelven a llenarse de trabajadores y trabajadoras que denuncian un desmantelamiento brutal de derechos conquistados durante décadas.

Pero lo que ocurre allí no es una anomalía lejana: es el último capítulo de una ofensiva global que ya hemos visto antes y cuyos ecos resuenan también en España, cuando sufrimos la reforma laboral del Partido Popular en 2012.

El guion se repite. Bajo la coartada de la “libertad”, la “modernización” o la “eficiencia”, se impone una agenda diseñada para debilitar la protección laboral y arrinconar a los sindicatos.

Se vende como “flexibilidad”, pero en realidad significa facilitar el despido, abaratar indemnizaciones, ampliar períodos de prueba de hasta un año, extender jornadas laborales y normalizar la precariedad como modelo.

También implica fragmentar vacaciones, vincular salarios a la productividad, recortar derechos en las bajas por incapacidad temporal y erosionar el derecho de huelga. En síntesis: abaratar el trabajo y silenciar su capacidad de defensa colectiva.

Regreso al siglo XIX

Esta batería de reformas apunta a desregular la economía y dinamitar el marco laboral construido durante décadas.

La ampliación del período de prueba, la reducción de indemnizaciones, los incentivos a la contratación inestable y los ataques al poder de negociación sindical se presentan como recetas milagro para atraer inversiones.

Pero detrás del discurso triunfalista se esconde una realidad conocida: más desigualdad, más inseguridad y más trabajadores desprotegidos.

Quienes miran desde España no deberían sentirse ajenos. Este país también vivió reformas laborales que abarataron el despido, debilitaron la negociación colectiva y dispararon la precariedad, especialmente entre jóvenes y mujeres.

Costó años de movilización sindical y presión social empezar a revertir ese camino. La lección es clara: los derechos laborales no desaparecen de golpe; se erosionan paso a paso, reforma a reforma.

Un golpe a toda la sociedad

No es casualidad que esta agenda conecte con el universo político de Donald Trump. No se trata solo de afinidad retórica, sino de un mismo proyecto: menos Estado, menos sindicatos y vía libre para el capital.

Cuando el péndulo se inclina sin contrapesos hacia el beneficio empresarial inmediato, el resultado siempre es el mismo: fractura social y retroceso democrático.

Debilitar los derechos laborales no golpea solo a quienes trabajan; golpea a toda la sociedad.

Aumenta la desigualdad, se hunde el consumo, crece la incertidumbre vital y se ensancha la brecha entre quienes concentran la riqueza y quienes dependen de su salario.

La jornada limitada, las vacaciones pagadas, la seguridad social o la negociación colectiva no fueron regalos. Fueron conquistas arrancadas con organización y lucha colectiva.

La ultraderecha insiste en demonizar a los sindicatos, presentándolos como frenos al progreso.

Pero la historia demuestra lo contrario: han sido el principal dique frente al abuso y el pilar que ha equilibrado la relación entre capital y trabajo. Sin ese contrapeso, el poder económico se vuelve absoluto. Y cuando el trabajo pierde derechos, pierde también voz, dignidad y futuro.

Defender los derechos laborales no es una consigna ideológica: es defender la democracia en su dimensión más concreta. Porque sin derechos en el trabajo, la libertad se convierte en un privilegio reservado para unos pocos.

Pese a todo, esperanza

Lo que hoy sucede en Argentina es una advertencia que España haría bien en no ignorar.

Pero también es una señal de esperanza: frente a la ofensiva contra los derechos, la respuesta ya está en marcha.

En las calles argentinas, como tantas veces ocurrió en las españolas, crece la movilización sindical y social para frenar el retroceso.

Esa es la verdadera lección: los derechos no se suplican, se defienden. Y cuando el trabajo se organiza y se levanta, la historia demuestra que ningún retroceso es irreversible.

(Tomado de la revista El Observador. Título e intertítulos son de La Rel)
Imágenes: revista El Observador