Una marea humana, integrada sobre todo de jóvenes, con la indignación a flor de piel, ha decidido que el silencio ya no es una opción.
Giorgio Trucchi
22 | 10 | 2026

Desde las plazas de España hasta las avenidas de Francia, pasando por las asambleas estudiantiles de Italia, los fuertes choques en Albania y las masivas huelgas escolares que paralizan decenas de ciudades en Alemania, la llamada Generación Z se ha plantado ante un modelo sistémico que percibe como una fuente de precariedad, desamparo y exclusión.
No se trata de brotes aislados ni de la “apatía” crónica que las élites suelen diagnosticar como síntoma de desafección e indolencia.
Hay un hilo conductor, profundamente material, que une las barricadas de París con los campamentos en Roma y Madrid.
En Francia, el descontento contra el macronismo ha vuelto a movilizar a los estudiantes secundarios y las calles en jornadas de altísima tensión. En Italia, el encarecimiento de la vida, la inestabilidad laboral y el costo de la educación superior empujan a la juventud a manifestarse frente al gobierno derechista de Giorgia Meloni bajo la consigna: “si nos quitan el futuro, les bloqueamos el presente”.
Entretanto, en España, el reclamo por el derecho a la vivienda impulsa huelgas y movilizaciones; mientras que, en Albania, las protestas estudiantiles escalan en rechazo a la corrupción y a la privatización de los bienes comunes.
¿Qué hay detrás de esta respuesta colectiva? El diagnóstico es idéntico en toda la región: “la ruptura del contrato social”. Los jóvenes de hoy constatan que, por primera vez en décadas, sus condiciones de vida serán peores que las de sus padres.
El acceso a la educación pública se restringe, el alquiler de una vivienda digna se torna inalcanzable y los salarios de miseria no cubren el costo real de la vida.
A esto se suma un marcado desencanto político: más del 70 por ciento de los menores de 30 años en Francia, con cifras similares en Italia y España, asegura que las instituciones gubernamentales no escuchan sus demandas. Ante la falta de canales institucionales efectivos, la movilización callejera vuelve a surgir como el espacio de representación legítimo para los sectores desplazados.
Como sucedió hace escasos días en Buenos Aires durante la Quinta Marcha Federal Universitaria, las respuestas institucionales han priorizado las medidas del orden público. El garrote, en lugar de atender problemáticas estructurales y demandas profundas.
La represión policial genera tensiones crecientes: en París, instancias de la ONU han expresado preocupación por la brutalidad de los operativos en los liceos; en Milán y Turín, los cuerpos antidisturbios recurren a cañones de agua y gases lacrimógenos frente a manifestantes, muchos de ellos menores de edad; mientras que en Tirana se despliegan unidades especiales para contener las protestas estudiantiles.
El conflicto se traslada también al plano legislativo y mediático. Diversos sectores políticos y corporaciones de comunicación tienden a calificar las manifestaciones como meros actos de vandalismo, desplazando el debate de fondo hacia la seguridad ciudadana.
Mientras el otoño europeo se tensa, los movimientos sociales de base observan con atención el panorama en América Latina. El domingo próximo, Brasil define su rumbo político en un decisivo balotaje electoral.
En la contienda histórica, el presidente Luiz Inácio Lula da Silva se mide cara a cara contra el avance de la extrema derecha que lidera el senador Flávio Bolsonaro y su clan familiar.
En este escenario, la juventud organizada brasileña ha asumido un rol protagónico en la campaña electoral, volcándose a las calles para defender la continuidad democrática.
Es el recordatorio de que, ante contextos de profunda crisis institucional, la fuerza transformadora suele originarse en las nuevas generaciones.
Y así cobra vigencia la popular canción: “Quién dijo que todo está perdido”… cuando la juventud sigue viniendo a ofrecer su corazón.
