Mundo | SOCIEDAD | JORNADA LABORAL

Las discusiones sobre la reducción de la jornada laboral

Trabajo, luego existo

Con resultados alentadores, distintos países avanzan en reducir la jornada laboral. Mientras sindicatos destacan sus efectos sobre la salud, el bienestar y la distribución del tiempo de vida, empresarios la resisten argumentando un aumento de costos y posibles impactos en la productividad.

Luciano Costabel – Rel UITA

30 | 4 | 2026

En los últimos años, la discusión sobre la reducción de la jornada laboral volvió a ganar visibilidad en distintos países. Impulsada por las transformaciones en el mundo del trabajo y por iniciativas de organizaciones sindicales, algunas empresas y gobiernos comenzaron a explorar modelos alternativos que buscan reducir la cantidad de horas trabajadas sin reducción del salario.

A diferencia de las grandes reformas del siglo pasado –cuando muchos países adoptaron la jornada de ocho horas o la semana de 40 horas– el debate actual se sustenta en reformas legales y experiencias piloto.

Por un lado, los trabajadores apuntan a mejorar sus condiciones de vida; desde el lado de los empresarios se cuestionan los impactos sobre los costos de producción y los posibles efectos sobre la productividad.

Países del norte

Uno de los casos más citados ocurrió en Islandia. Entre 2015 y 2019 se llevó adelante uno de los ensayos más amplios sobre reducción de jornada en el sector público.

En ese período, unos 2.500 trabajadores participaron en programas piloto que redujeron la semana laboral de 40 a entre 35 y 36 horas sin recorte salarial.

Las evaluaciones posteriores indicaron que la productividad se mantuvo estable o incluso mejoró en varios sectores, mientras que los trabajadores reportaron menores niveles de estrés y una mejor conciliación entre la vida laboral y personal.

Otra experiencia relevante se desarrolló en el Reino Unido. En 2022 se implementó un experimento de semana laboral de cuatro días, en el que participaron más de 60 empresas de distintos sectores. Durante seis meses, los trabajadores mantuvieron sus salarios mientras reducían su jornada semanal, generalmente concentrando el trabajo en cuatro días.

Los informes posteriores señalaron mejoras en indicadores de bienestar, reducción del ausentismo y niveles de productividad similares o superiores a los previos al experimento. Varias de las empresas participantes decidieron mantener el nuevo esquema tras la finalización de la prueba.

Esta tendencia también se observó en reducciones de semanas de cuatro días impulsadas por algunas empresas en Estados Unidos, Nueva Zelanda, Irlanda y Suecia.

Por fuera de estas experiencias, según la Organización Internacional del Trabajo (OIT), actualmente la mayoría de los países de altos ingresos de Europa fijan límites legales de 40 horas semanales.

Las excepciones son Francia (35 horas semanales), Irlanda (39) y Austria (38), y algunos países donde no existe un único máximo legal a la jornada normal de trabajo, sino que el máximo depende del sector Bélgica (38 o 40), Alemania (40, 37 o 35) y Países Bajos.

América Latina

En América Latina también comenzaron a surgir reformas orientadas a disminuir el tiempo de trabajo, aunque generalmente mediante procesos graduales.

En Chile, por ejemplo, se aprobó en 2023 una ley que establece la reducción progresiva de la jornada semanal de 45 a 40 horas. La reforma se implementará de manera escalonada a lo largo de varios años, con el objetivo de permitir que las empresas adapten sus procesos productivos.

Un enfoque similar adoptó Colombia, donde se inició un proceso de reducción gradual de la jornada laboral de 48 a 42 horas semanales que se completará hacia mediados de la década.

En Uruguay, el debate también se encuentra presente impulsado por la central sindical. La propuesta apunta a establecer por ley una jornada máxima de 40 horas semanales sin reducción salarial. El planteo ha sido presentado en distintas instancias políticas y sindicales, incluidos actos del 1º de mayo y reuniones con autoridades de gobierno, como una forma de actualizar el régimen laboral vigente.

En Brasil el debate sobre la reducción de la jornada laboral se intensificó en los últimos años y volvió a ocupar el centro de la agenda política y sindical. Actualmente, la legislación nacional establece un máximo de 44 horas semanales de trabajo, generalmente distribuidas en ocho horas diarias de lunes a viernes y cuatro horas el sábado.

Diversos proyectos en el Congreso y propuestas impulsadas por el movimiento sindical y sectores del gobierno buscan modificar este esquema y avanzar hacia jornadas más cortas sin reducción salarial.

Entre las principales se destacan: la reducción de 44 a 40 horas semanales con mantenimiento del salario y el fin del régimen 6×1, un esquema habitual que implica seis días de trabajo por uno de descanso.

Se estima que el Congreso Nacional brasileño vote la ley de reducción de jornada en el primer semestre de 2026.

En conjunto, estas experiencias muestran que la reducción de la jornada laboral se está explorando a través de modelos diversos: desde reformas legales que disminuyen gradualmente el número de horas semanales, hasta experimentos limitados en empresas o sectores específicos. Los resultados disponibles sugieren que, en varios casos, la reducción de la jornada puede convivir con niveles de productividad similares o incluso mayores.

A pesar de la evidencia, existen diferentes posiciones y argumentos entre trabajadores y empresarios, que suelen replicarse en las diversas discusiones sobre la reducción de la jornada laboral.

Salud, ocio y seguridad

Por el lado de los trabajadores, las propuestas para reducir la jornada laboral se sustentan en un conjunto de argumentos que combinan dimensiones económicas, sociales y de salud.

La idea central es que el tiempo de trabajo no puede evaluarse únicamente en función de la producción, sino también de su impacto sobre la calidad de vida de las personas.

Uno de los puntos centrales refiere al aumento del bienestar. Jornadas laborales más cortas permiten mejorar el equilibrio entre trabajo y vida personal, lo que, a su vez, se traduce en mayores niveles de satisfacción con el empleo.

Así, reducir las horas de trabajo habilita un uso más amplio del tiempo fuera del empleo remunerado: las personas pueden dedicar más tiempo al descanso, al ocio, a la formación y la capacitación.

Otro aspecto destacado es el impacto positivo en la salud física y mental de los trabajadores. Jornadas laborales prolongadas suelen estar asociadas a mayores niveles de estrés, fatiga y agotamiento, factores que inciden en la aparición de enfermedades profesionales.

Desde esta perspectiva, una reducción del tiempo de trabajo podría contribuir a disminuir los niveles de estrés laboral y a mejorar la calidad del descanso.

En la misma línea, se plantea que jornadas más breves pueden mejorar las condiciones de seguridad, ya que la fatiga acumulada a lo largo de extensas horas laborales suele estar vinculada a una mayor probabilidad de accidentes laborales.

Género y productividad

La reducción de la jornada laboral también es presentada como una herramienta para reducir brechas de género en el mercado de trabajo.

En la mayoría de las sociedades, las mujeres continúan destinando una mayor proporción de su tiempo a tareas de cuidado y trabajo doméstico no remunerado, mientras que los hombres dedican relativamente más tiempo al trabajo remunerado.

Una jornada laboral más corta podría facilitar una distribución más equilibrada del tiempo dentro de los hogares. A la vez, jornadas más reducidas podrían favorecer la participación femenina en el mercado de trabajo.

Finalmente, desde el punto de vista económico, los trabajadores sostienen que una menor jornada laboral no necesariamente implica una reducción de la productividad.

Esto se explica, en parte, porque las últimas horas de trabajo suelen ser las menos productivas, debido al cansancio y la pérdida de concentración. Al eliminar o reducir esas horas menos eficientes, el rendimiento promedio del trabajo podría aumentar.

Además, la reducción de la jornada puede incentivar cambios en la organización del trabajo, como una mayor planificación de tareas, menos tiempos improductivos y una gestión más eficiente del tiempo laboral.

Las resistencias

Desde la perspectiva del empresariado, las propuestas de reducción de la jornada laboral suelen presentarse como una amenaza a la productividad y a los márgenes de ganancia. Este argumento no es nuevo: a lo largo de la historia del trabajo, cada avance en derechos laborales –desde la conquista de la jornada de ocho horas hasta la semana de 40– fue acompañado por advertencias sobre “riesgo económico” y “pérdida de competitividad”.

Como señala el sociólogo Ricardo Antunes, profesor titular de Sociología en el Instituto de Filosofía y Ciencias Humanas de la Universidad Estadual de Campinas (IFCH/Unicamp) y uno de los principales referentes de la Sociología del Trabajo en Brasil y América Latina, esta reacción forma parte de un conflicto estructural entre capital y trabajo por el control del tiempo.

Desde los inicios de la Revolución Industrial, la disputa por la duración de la jornada ha sido central, y los derechos conquistados no surgieron como concesiones, sino como resultado de largas luchas colectivas. En ese sentido, las resistencias actuales reproducen una lógica histórica que prioriza la acumulación y la rentabilidad por encima del bienestar humano.

Hoy, como entonces, estas advertencias reflejan una racionalidad que, en palabras de Antunes, tiende a expandir el tiempo de trabajo o intensificarlo, incluso en contextos de grandes avances tecnológicos.

Así, la reivindicación por más tiempo para la vida continúa siendo una tensión persistente frente a las demandas del capital, especialmente en un escenario atravesado por la digitalización, los algoritmos y nuevas formas de control del trabajo.

El caso a caso

Otro de los argumentos frecuentes en el debate es que los efectos de la reducción de la jornada no son homogéneos entre sectores. Mientras algunas actividades podrían reorganizarse con relativa facilidad, existen otras en las que la disminución de horas plantea mayores desafíos operativos.

Si bien diversos estudios sugieren que jornadas más cortas pueden aumentar la productividad por hora trabajada, desde el empresariado se sostiene que estos resultados no son automáticamente generalizables.

Sin embargo, como advierte Antunes, esta discusión no puede limitarse a criterios estrictamente técnicos o sectoriales, ya que forma parte de una transformación más profunda del mundo del trabajo.

En efecto, la combinación entre cambios tecnológicos, nuevas formas de organización productiva y crecientes demandas sociales por una mejor calidad de vida está reabriendo debates que parecían saldados desde el siglo pasado. La expansión de la automatización y de la inteligencia artificial, lejos de resolver estas tensiones, las intensifica, al tiempo que redefine la relación entre trabajo, tiempo y valor.

Si bien no existe un único modelo ni resultados uniformes, las experiencias en distintos países muestran que el tiempo de trabajo vuelve a ocupar un lugar central en la negociación entre trabajadores, empresas y Estados.

Tal como plantea Antunes, la reducción de la jornada puede funcionar como un “antídoto” frente al desempleo estructural y a la creciente precarización, al proponer una redistribución más equitativa del trabajo disponible.

En este sentido, la discusión sobre la jornada laboral trasciende el plano legal o económico y se inscribe en un debate más amplio sobre el sentido del trabajo en la vida social. El modo en que se resuelva este equilibrio probablemente definirá no solo cuánto trabajamos, sino también cómo se distribuyen el tiempo, el bienestar y la productividad en las sociedades contemporáneas.

Así, la reducción de la jornada aparece no solo como una reforma normativa, sino como una nueva etapa en una reivindicación histórica: la búsqueda de un equilibrio más justo entre trabajo, descanso y vida personal, y, en términos más profundos, la posibilidad de construir una vida con sentido dentro y fuera del trabajo.

(Con info de: https://rel-uita.org/br/contra-a-jornada-6×1-nao-por-dadiva/)
Fotos: CONTAC y Gerardo Iglesias