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Este lunes falleció Walter “Cholo González

Hecho de barro y caña

A fines del año pasado, removiendo libros en la oficina de la UITA en Montevideo encontré un ejemplar de El Cholo González. Un cañero de Bella Unión, de María Esther Gilio.

Amalia Antúnez

19 | 5 | 2026

Aunque conocía la existencia del libro ─y también la figura del Cholo─ por mi propia militancia política y por todo lo que su nombre representa en la historia de las luchas populares uruguayas, esa lectura me dio otra perspectiva.

El libro no se detiene solo en el dirigente sindical o en el símbolo político, sino que reconstruye la vida concreta del “peludo”: el trabajo en la caña, la pobreza cotidiana, la organización, luego el exilio, la cárcel, y el regreso a Bella Unión como forma de pertenencia irreversible a una tierra y a una clase.

Walter “Cholo” González fue uno de los principales referentes de la lucha rural uruguaya y fundador de la Unión de Trabajadores Azucareros de Artigas (UTAA).

Figura central de los cañeros

Vivió las aripucas —esas chozas precarias construidas por los cañeros—, el salario miserable, la represión patronal y policial. Y desde esa experiencia construyó conciencia y organización.

El Cholo fue figura central en las históricas Marchas de los Cañeros (1962-1971), movilizaciones que partían desde Bella Unión hacia Montevideo bajo la consigna “Por la tierra y con Sendic”, exigiendo reforma agraria, mejores salarios y condiciones dignas para los trabajadores rurales y reconociendo el liderazgo del por entonces abogado laboralista Raúl Sendic.

El libro también deja ver un dato curioso: que, al igual que yo, el Cholo había nacido en Rivera. Sin embargo, toda su vida, su lucha y su identidad quedaron profundamente ancladas en Bella Unión, que fue, en el sentido más pleno, su lugar en el mundo.

Con su partida, Uruguay pierde a un símbolo de la dignidad obrera rural: el cañero que marchó por la tierra, el militante que eligió siempre el lado de los más humildes y el compañero que convirtió la lucha en cuidado cotidiano.

Su legado, entrelazado con el de María Elena Curbelo, su compañera de vida, continúa vivo en las obras sociales que construyeron y en la memoria de los peludos de Artigas.

Aunque no viví esos tiempos y no conocí al Cholo, libros como ese de Gilio me los acercan con una fuerza particular, y su lectura siempre me conmueve profundamente.

Hay en esas historias una densidad humana y una coherencia vital que atraviesa generaciones y que sigue interpelando el presente.

Hoy, en otro contexto, con otras formas de trabajo y otras desigualdades, la pregunta por la dignidad, la tierra y la organización sigue abierta. Pero hay vidas que responden antes que las palabras.

La del Cholo fue una de ellas. No como consigna, sino como existencia entera: la de un luchador social incansable, hecho de barro y caña, que no se fue del todo porque supo quedarse en su gente, en su tierra y en su causa.

Que su vida no sea solo recuerdo, sino ejemplo.

Fotos: Mirtha Pereira y Amalia Antúnez