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El día que las gallinas se comieron al zorro

En un contexto de gran turbulencia política y social en América Latina, Chile se mira al espejo y no se reconoce. “Dignidad”, "justicia", "equidad", "solidaridad", "libertad", "derechos civiles": tras décadas de intimidación y desesperanza, la sociedad chilena movilizada venció al miedo y va por todo.

Tuve que abandonar Chile en noviembre de 1973, dos meses después del golpe de Estado de Augusto Pinochet. Hasta allí había llegado eludiendo la represión en Uruguay, cuando ya la dictadura también allí parecía inminente.

En aquellos años Chile fue tierra de libertad y seguridad para muchos militantes y revolucionarios latinoamericanos gracias al “proceso chileno” liderado por Salvador Allende y la Unidad Popular. Hasta el 11 de septiembre de 1973.

Junto a unas pocas decenas de uruguayos logramos abandonar el país trasandino sacudido por la violencia represiva de una dictadura que ya en sus orígenes se mostraba extremista. Prometí no regresar mientras Pinochet estuviese en el poder.

“La bestia” se retiró parcialmente en 1990 después de las elecciones presidenciales celebradas en 1989 con la victoria de Patricio Aylwin. En 1992 visité Chile embargado por las vivencias de aquellos años tan intensos, vertiginosos, creativos y peligrosos que volvían a latir en mi corazón.

La alquimia inversa de la dictadura

Fue muy grande mi decepción al descubrir que Santiago se había transformado en una ciudad policíaca. No había barrio donde no hubiese presencia de contingentes de Carabineros (Policía militarizada) patrullando o estacionados en las principales calles y avenidas.

Estaban allí para infundir miedo, para dar una señal clara de control social, para recordarle al pueblo chileno que la Constitución aprobada por la dictadura en 1980 les otorgaba un poder casi ilimitado ante el cual cesaban prácticamente todos los derechos civiles.

A esta pesadumbre callejera se le sumaba el autoritarismo de los empresarios y patrones en los lugares de trabajo, que no sólo se expresaba en las condiciones de trabajo y en los bajos salarios, sino también en la actitud que se les exigía a los empleados y trabajadores en general.

Carmen, una querida amiga reencontrada en ese viaje, relataba: “Esta sociedad está destrozada. La semana pasada el gerente de la empresa donde trabajo me llamó a su despacho. Me reprochó que no estoy sonriendo en mi puesto, y que eso es contraproducente para el clima laboral y la productividad. Así que, ahora, si no quiero perder mi empleo, debo fingir que soy feliz”.

El otrora pintoresco centro de Santiago, con sus decenas de “fuentes de soda” ̶ equivalentes a pequeños bares ̶ se había convertido en una mala copia de la City de Buenos Aires, en cuyas calles muchos hombres con corbata se desplazaban aceleradamente hacia sus “felices empleos y excitantes tareas”.

Las fuentes de soda habían sido barridas por McDonald’s, cafeterías de franquicias y restoranes de comida al paso, todos iguales entre sí.

La dictadura había borrado la identidad urbana, las referencias de las tradiciones culturales de la vida cotidiana, sustituyéndolas por una asepsia con tufo a miedo, a imposición, a consenso fabricado.

Quise ver Valparaíso, incrustada en mi memoria como un templo bohemio a escala ciudad. Sus callejuelas porteñas, su mercado, su propia urbanidad colgada desde magníficos cerros como balcones al mar.

Pero encontré la misma tristeza gris y monocorde que en Santiago, la misma despersonalización, las rémoras de una represión feroz que trascendió la política y apuntó al alma de Chile.

La comprobación final la tuve mientras regresaba a Santiago desde Valparaíso. El bus trepaba la precordillera por una carretera en zigzag. Un sol rojo y enorme se ponía majestuosamente sobre el océano y quise tomar algunas fotos. Al ver mi intención, el acompañante del chofer reaccionó de forma vehemente advirtiéndome que estaba prohibido tomar fotos desde ese lugar. Ante mi sorpresa, me informó que parte del puerto de Valparaíso es una base naval y que tomar fotos podía acarrearle graves problemas a la empresa y a él personalmente con las fuerzas de seguridad. En vano argumenté que yo era solamente un turista, que estábamos ya a kilómetros de distancia del puerto, que era imposible tener imágenes detalladas desde ese lugar y que la dictadura había acabado. Pero no hubo caso.

Entonces sentí el pánico del joven, su mirada de miedo, y entendí que en su caso la dictadura había logrado uno de sus objetivos: instalar un pequeño Pinochet en cada conciencia.

El verdadero trono del tirano está en tu corazón
(Khalil Gibrán)

Ese control psicosocial cimentado en el miedo que generaron el absolutismo y la impunidad “legalizados” fue el complemento necesario al montaje del primer laboratorio neoliberal a escala país en América Latina.

Discípulos chilenos de los nefastos Chicago Boys implementaron un sistema económico férreamente neoliberal, y utilizaron a Chile, sometido por la fuerza y la sangre, como territorio donde ensayar sus ideas extremistas.

Todo fue privatizado. Todos los derechos fueron arrasados. Las inversiones fluyeron a ese país “seguro” donde los draconianos privilegios de la elite eran defendidos por las propias Fuerzas Armadas. Toda la actividad económica confluyó hacia un embudo cuyo extremo angosto derramaba riqueza sobre una burguesía locamente acaudalada.
Nada escapó a la supuesta “lógica del mercado”. La sociedad chilena fue encastrada a presión en el molde del neoliberalismo… hasta ahora.

Durante los últimos 35 años se usaron en Chile todas las políticas y leyes neoliberales convenientes al capitalismo salvaje.

División sistemática de los sectores trabajadores mediante negociaciones por empresa, e incluso a veces solo con los sindicatos amarillos, derechos laborales y sociales reducidos al mínimo, esquema de pensiones privado que estafa “legalmente” a los aportantes y condena a miles de jubilados a la miseria, un sistema de salud pública en el cual los pacientes son considerados “clientes” que deben pagar hasta la más mínima atención sanitaria, una educación pública que sólo una extensa y comprometida lucha estudiantil logró apenas “abaratar”, ya que también era paga, sueldos escasos para “los millones de abajo”, ganancias faraónicas para un centenar de familias literalmente “dueñas del país”.

Pero el volcán estalló

Si fuese realmente posible el dictador Pinochet se estaría revolviendo en su tumba ansiando olfatear nuevamente el olor a pólvora, a fuego, a muerte, tal vez sintiendo el llamado de palabras como “guerra”, “enemigos internos”, “terroristas”, “subversivos”, “delincuentes”, “toque de queda”… Pero no lo hará.

Una revolución sacude a Chile desde octubre. Una revolución que cuenta con decenas de muertos, todos del lado de los manifestantes, y miles de heridos.

El edificio económico, político y social que construyó durante 18 años la dictadura de Augusto Pinochet -y mayormente aún erguido-  se tambalea quizás por primera vez.

El sistema neoliberal en estado puro aplicado en Chile no solamente expolió a un país entero en beneficio de una élite de supermillonarios –Piñera entre ellos-, sino que también le ahogó su dignidad en el tacho inmundo del miedo.

Según la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal), el 1 por ciento más adinerado del país se quedó con el 26,5 por ciento de la riqueza en 2017, mientras que el 50 por ciento de los hogares de menores ingresos accedió solo al 2,1 por ciento de la riqueza neta del país.

El sueldo mínimo en Chile es de 423 dólares, mientras que, según el Instituto Nacional de Estadísticas, la mitad de los trabajadores y trabajadoras en ese país recibe un sueldo igual o inferior a 562 dólares al mes.

Durante un tiempo muchos chilenos compraron la visión propalada por los medios hegemónicos en la cual Chile aparecía como un país modelo, donde la economía se había transformado en pocos años en la más floreciente y estable de América Latina.

Se redujeron la pobreza y la miseria, y las expectativas de consumo fueron exacerbadas al máximo. Pero el modelo venía con trampa, y en ella cayeron muchos y muchas, incluso la enorme mayoría de la casta política chilena que vivió hasta ahora entre pasillos alfombrados y glamorosos salones finamente decorados.

Neoliberalismo: un “regalo” envenenado

La trampa del modelo era que para la mayoría salir de la pobreza permitía apenas sacar la nariz fuera del agua, pero continuar en situación de gran vulnerabilidad.

Trampa en el costo y la calidad de vida prometidas, ya que 50 por ciento de los trabajadores y trabajadoras cobra un salario mínimo que es insuficiente para costear el transporte y las necesidades básicas de cualquier familia, a lo que se agrega que los servicios fueron privatizados supuestamente para generar competencia y beneficiar a los consumidores, pero en realidad las empresas realizan dumping descaradamente sin consecuencias legales.

Trampa en salud, agua, electricidad, comunicaciones: todo es casi inaccesible para una población excitada y dirigida psicológicamente hacia el consumo en tanto rasgo identitario (“soy lo que tengo”), y si bien en la educación hubo algunas mejoras logradas en las barricadas por los estudiantes años atrás, la desigualdad permanece: en la actualidad solo el 11 por ciento de los graduados en la universidad proviene de sectores de menores recursos, mientras que el 84 por ciento lo hace de la clase alta.

Trampa en el sistema de pensiones privado vigente desde 1982, gracias al cual el 80 por ciento de los jubilados recibe una retribución igual o inferior al salario mínimo.

El laboratorio neoliberal estalló, y lo hizo porque la indignación superó al miedo, porque de nada vale respirar, caminar y trabajar si no puedes amar la vida que llevas, si no puedes ofrecerle oportunidades a tus hijas e hijos, si no sientes respeto de parte de quienes gobiernan, si comprendes que no puedes esperar un futuro mejor para ti si no lo hay para todos y todas. En fin, si te han quitado la dignidad.

Las ruedas de la historia siguen siendo de carne y hueso

Desde la distancia en tiempo y espacio, uno siente la tentación de “tomar venganza” y escribir que aquel intento de un Chile “socialista”, más justo y solidario, regresa por sus fueros tras décadas de represión y persecución.

Uno desea que, ahora sí, “se abran las anchas alamedas” por donde pasará el pueblo chileno hacia su liberación, liderado por la memoria de Salvador Allende y los miles de muertos y desaparecidos que se cobraron la dictadura y “el imperialismo yanqui”, un concepto que entonces la izquierda no tenía vergüenza de incluir en su discurso.

Pero es muy poco probable que esa sea la realidad, y quizás está muy bien que así sea. Son otros tiempos, otros revolucionarios y revolucionarias, la historia les pertenece ahora a ellos y ellas. Y en este caso nadie quiere que Marx tenga razón cuando dijo que “La historia ocurre dos veces: la primera como una gran tragedia, y la segunda como una miserable farsa”.

La convocatoria continúa. Las manifestaciones no ceden. La economía comienza a acusar el golpe (20 por ciento de baja en la exportación de octubre).

El pueblo marca el camino hacia una reforma constitucional que instale un nuevo “contrato social” que dinamite las rémoras de la dictadura y proyecte a Chile hacia una democracia moderna, participativa, solidaria, justa, equitativa y libre.

La ausencia por ahora es de las estructuras de la sociedad organizada, de organizaciones políticas y sociales confiables, verdaderamente representativas, auténticamente democráticas, capaces de sentarse a una mesa para comenzar a construir ese futuro junto al pueblo.

Foto: nacion.com