El 5 de julio de 2009, Honduras se estremeció ante las imágenes de un joven llevado de los brazos por dos personas y con la cabeza ensangrentada colgando hacia atrás.
Giorgio Trucchi
8 | 7 | 2026

Isy Obed Murillo, primer mártir de la resistencia contra el golpe de Estado cívico-militar, había sido alcanzado por las balas asesinas de francotiradores en las inmediaciones del aeropuerto Toncontín en Tegucigalpa, donde más de 300 mil personas estaban esperando el regreso del presidente Manuel Zelaya, derrocado y desterrado una semana antes.
Eran tiempos donde no había redes sociales, ni chat y la comunicación fluía por correo electrónico o llamadas “por cobrar” a la oficina de la Rel UITA en Montevideo. La noche antes del golpe (28 de junio), la Regional me había enviado a Honduras porque la situación estaba muy tensa.
La dinámica era quedarse todo el día con la gente en las calles y de noche mandar notas y fotos para que, principalmente Carlos, editara los escritos y se subieran a La Rel o en medios convencionados a primeras horas del siguiente día.
La crónica de aquel día interminable, con las fotos del asesinato de Isy Obed y de la represión militar contra un pueblo en erupción, la firmamos Carlos Amorín y yo después de una llamada muy conmocionada.
“Tenés que contar todo lo que ves, lo que sentís, para que la gente entienda y también sienta en carne propia lo que está pasando en Honduras, el sufrimiento de aquel pueblo, su capacidad de resistencia y lucha, nuestra presencia solidaria. Aquí estamos y apoyamos”.
Así era el Carlos que conocí: determinado, solidario, comprometido con la causa de quienes sufren injusticias, intransigente e inflexible con los perpetradores, narrador extraordinario y manantial inagotable de enseñanza.
Desde aquella vez fueron muchas las llamadas durante esos meses de ida y vuelta entre Managua y Tegucigalpa. Meses de invaluable experiencia, aprendizaje, dolor, crecimiento y compromiso profesional y personal.
Carlos fue parte de todo esto y seguirá siéndolo, como ejemplo de compromiso inclaudicable, marcado con fuego en mi memoria.
