El pasado viernes 5 de junio murió Carlos Alberto “El Indio” Solari, líder primero de la banda Patricio Rey y Los redonditos de Ricota, y luego de Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado.
Carlos Amorín
11 | 6 | 2026

Se estima que más de un millón de personas desfilaron delante de su féretro colocado en una capilla ardiente improvisada en una localidad suburbana de Buenos Aires, ya que el presidente Javier Milei le negó a su familia la posibilidad de velarlo en el Congreso de la Nación, en una prueba más de que esa institución no es en este momento la Casa del Pueblo.
El Indio, poeta y músico, rockero profundo, peronista de siempre y para siempre, tocó con su arte el alma de los “nadies”, como dijera Eduardo Galeano. Le puso palabras y notas a la desesperación, la tristeza, la impotencia, el miedo de los marginados social, económica y/o políticamente por un sistema patricio y rancio.
Durante todo el sábado y el domingo sus “ricoteros” aportaron testimonios de los lazos sagrados que se crean entre ciertos artistas y el pueblo que los parió, los moldeó y los llevó a la gloria a modo de agradecimiento por una fidelidad eterna expresada hasta la insanía.
El Indio, dijeron los nadies, les mostró de dónde viene el dolor, cómo transformarlo en desobediencia, dónde poner la rebeldía y la insumisión, la protesta de los masacrados por el capital y sus reglas.
Tumberos, faloperos, chorros, borrachos, pero también obreros, artesanos, vendedores callejeros, cocineros de esquina, maestros, profesionales, militantes, jóvenes de ahora y de antes, familias enteras participaban en sus “misas”, como llamaban a sus shows, porque sus metáforas destilan verdad, empatía y amor sincero por los pobres, los rotos de la vida injusta.
Los ricoteros argentinos le han dado una despedida a su medida, como solo ellos saben hacerlo, en la calle, con idolatría, con respeto, con infinitas lágrimas, con amor eterno.
El Indio Solari nunca actuó con ninguna de sus bandas fuera de Argentina, con la excepción de Montevideo donde llenó dos Estadios Centenarios. No porque no les faltaran ofertas, sino por coherencia, por mantenerse fuera del sistema de los sellos discográficos y las giras obligadas a cambio de contratos millonarios. Siempre produjeron y editaron sus propios discos, siempre produjeron sus propios shows.
La popularidad extrema que fueron ganando los obligó a buscar predios enormes para presentarse en público, en toques que llegaron a superar las 300 mil personas… y para algunos bastante más. Recordemos: Woodstock tuvo 300 mil asistentes y fue un festival de tres días donde se presentó una enormidad de artistas. Aquí hablamos de un solo toque de una única banda.
Este lunes 8 de junio, la Argentina despidió a un referente regional con una obra universal. Una tristeza que se agrega a las tantas que viene bancando ese pueblo, a veces indescifrable para los ajenos, extremo casi siempre, impredecible, y autodestructivo como ninguno.
Pero siempre productor de una caída misteriosa y extrañamente bella. Y es que, para empezar a entenderlos a estos queridos argentinos, hay que poner mucha atención y escuchar la banda sonora que suena allá en el fondo, esa que dice: “!A brillar mi amor, vamos a brillar mi amor”!, porque se sabe dueño de su destino.
