María Bellizzi cumplió 102 años. El domingo, mientras celebrábamos su vida, Brasil decidió apostar una vez más por la esperanza.
Amalia Antúnez
22 | 10 | 2026

Mamá de Andrés Humberto Bellizzi, detenido y desaparecido en Argentina en 1977, Marieta cumplió el pasado 21 de octubre 102 años.
Casi medio siglo de esa vida transcurrió esperando respuestas sobre el destino de su hijo. Respuestas que nunca llegaron. Preguntas que el silencio no consiguió sepultar.
Este domingo 25 fui a celebrar con ella, con su hija Silvia y con varias amigas de la familia una nueva vuelta al sol.
Dio la casualidad que a hora de la celebración se definía una de las contiendas electorales más importantes de los últimos tiempos: la segunda vuelta en Brasil.
Y fue inevitable. Aunque la conversación iba y venía por los caminos imprevisibles de las reuniones familiares, el resultado electoral terminaba siempre por colarse. No faltó la cabalera que advertía: “¡No miren los resultados hasta que termine!”. La recomendación llegaba, sobre todo, cuando Flávio Bolsonaro tomaba la delantera, aunque fuera por un estrecho margen.
Para quienes no lo saben, mi vínculo con Brasil es profundo. No solamente porque nací a pocos metros de su territorio, sino porque a lo largo de la vida tuve la fortuna de encontrar allí amigos y amigas que me hicieron sentir parte de ese país inmenso, contradictorio, entrañable y mágico. Brasil es, de alguna manera, mi segunda patria.
Por eso, el resultado de la primera vuelta me había dejado un sabor amargo, un profundo desencanto. Y, para ser sincera, temía que aquel país al que quiero tanto volviera a poner a un Bolsonaro en la Presidencia, por lo que mi ansiedad era grande.
Afortunadamente, Marieta y sus invitadas parecían compartir el mismo desasosiego. Yo consultaba a mis amigos en Brasil, Jaqueline y Gerardo; otras seguían las noticias a través de sus contactos en Río de Janeiro. Entre mensajes, pantallas y comentarios, fuimos siguiendo el lento movimiento de los números. Y, poco a poco, empezó a crecer esa sensación difícil de explicar: algo estaba cambiando.
Lo que muchos describirían como una remontada histórica, yo me atrevo a llamarlo una gesta heroica. La de un pueblo que, con todas sus contradicciones y heridas, supo reconocer la distancia que separa la democracia del fascismo.
No escribo estas líneas para sumar otro análisis político o social a los miles que desde anoche desbordan, canales, redes y portales. Quería contar otra cosa. Algo más pequeño, más íntimo, pero que para mí terminó adquiriendo una dimensión enorme.
Anoche celebrando los 102 años de Marieta, una mujer que lleva casi cinco décadas enfrentándose al más cruel de los silencios, y, al mismo tiempo, asistiendo a la nueva gesta política de un hombre de más de 80 que, después de luchas, derrotas y persecuciones volvía a protagonizar una página decisiva de la historia latinoamericana, sentí algo especial, conmovedor.
Salvando las distancias entre una y otra historia, la de Marieta y la de Lula, me permití algo que últimamente me estaba costando bastante: celebrar.
Celebrar, al decir de Galeano, la memoria que nos sostiene, los sueños que todavía insisten y la esperanza, esa terca costumbre de creer que mañana puede ser un poco más justo, un poco más nuestro.
Quizá de eso se trate, al fin y al cabo, de no rendirse, de seguir peleando aun cuando las fuerzas flaqueen. Porque hay vidas que son, en sí mismas, una forma de resistencia.
Y hay noches en las que, por un instante, volvemos a creer que el futuro todavía nos pertenece.

