La autocrítica es el diván de los movimientos populares. Es la única posibilidad que tenemos de aprender y de corregir rumbos. Es el momento de mirarnos colectivamente, sincerarnos y sacar cuentas de aciertos y errores. Pero es un ejercicio en extinción, quizá porque en cierto período abusamos o usamos la crítica para destriparnos, para enfilar la bronca contra los compañeros, en vez de hacerla de ida y vuelta: crítica atada a la autocrítica.









