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31ª Marcha del Silencio

Treinta años marchando contra el olvido y la impunidad

Treinta años después de la primera Marcha del Silencio, y a cincuenta de los asesinatos de Zelmar Michelini, Héctor Gutiérrez Ruiz, Rosario Barredo y William Whitelaw en Buenos Aires, decenas de miles de uruguayos y uruguayas caminaron este miércoles por la principal avenida de la capital bajo un mismo reclamo que atraviesa generaciones: memoria, verdad, justicia.

Amalia Antúnez

21 | 5 | 2026

La noche cayó fría, como casi siempre cada 20 de mayo. Pero otra vez hubo una multitud. Una marea acompañando fotografías exhibidas en alto, pasos lentos y un silencio que pesa más que cualquier consigna. Porque en Uruguay la memoria también se construyó así: caminando.

La Marcha del Silencio es un fenómeno singular. No solo por su convocatoria –que mezcla edades, pertenencias políticas y de clase– sino por su forma. Miles de personas avanzando sin gritar, sin empujarse, sin otro sonido que el roce de los pasos sobre el asfalto. Un ejercicio de civismo y conciencia colectiva difícil de encontrar en otro lugar del mundo.

Y, sin embargo, el tiempo no cerró las heridas.

Este año, ocho nuevos nombres se sumaron a la lista de 197 detenidos desaparecidos y otros muchos continúan en estudio. La cifra sigue creciendo medio siglo después. Porque un desaparecido no termina de desaparecer nunca: permanece en las preguntas, en las mesas vacías, en las madres que envejecieron esperando una respuesta.

Las fundadoras de la Asociación de Madres y Familiares de Uruguayos Detenidos Desaparecidos dedicaron su vida entera a esa búsqueda. Sus manos se arrugaron sosteniendo fotografías. Sus cuerpos se hicieron frágiles, pero nunca dejaron de marchar.

María Bellizzi tiene 101 años y en octubre cumplirá 102. Es la mayor de las madres que siguen vivas. Hace casi medio siglo busca a su hijo Humberto Bellizzi, desaparecido en Argentina en 1976. Toda una vida atravesada por una ausencia imposible de cerrar. Como tantas otras madres, aprendió a convivir con la incertidumbre, con el dolor suspendido y con la espera interminable de saber dónde está.

También siguen ahí Alba González, madre de Rafael Lezama, y Milka González, madre de Ruben Prieto. Mujeres que transformaron el dolor íntimo en una causa colectiva cuando el miedo todavía dominaba las calles y cuando hablar podía costar caro. Ellas sostuvieron la memoria cuando muchos preferían callar. Convirtieron la búsqueda en resistencia.

Pero algo cambió con los años. Hoy, alrededor de esas madres, marchan nietos, estudiantes, jóvenes que nacieron décadas después de terminada la dictadura, en 1985 y heredaron historias que no vivieron pero que sienten propias. En ese recambio generacional hay una victoria silenciosa: la dictadura no logró borrar los nombres de los desaparecidos ni romper la memoria colectiva.

Las madres envejecieron. Algunas ya no pueden marchar. Otras murieron sin encontrar respuestas. Pero la pregunta sigue intacta y continúa avanzando cada 20 de mayo entre miles de personas: ¿Dónde están?

Y cuando la voz que enumera por un parlante uno a uno los nombres de los detenidos desaparecidos rompe finalmente el silencio, la multitud responde al unísono, como un eco que atraviesa generaciones y décadas de impunidad: ¡Presente!

Porque mientras haya alguien que los nombre, mientras un pueblo entero siga caminando para recordarlos, los desaparecidos seguirán estando presentes.

Fotos: Itamar Aguiar y Amalia Antúnez