Su obra mayor y un encuentro con Augusto Roa Bastos
La edición española del libro Las semillas de la muerte ingresaba a su fase final en Madrid y Jorge Riechmann, de la Fundación 1.º de Mayo, sugirió que Augusto Roa Bastos la prologara.
Gerardo Iglesias
Convenio Brecha – Rel UITA
14 | 7 | 2026

Así se dio el encuentro con el maestro en 1999 en el marco de la campaña internacional de la Rel UITA en apoyo a los campesinos damnificados por la transnacional algodonera Delta & Pine, víctimas de la deyección de 660 toneladas de semillas de algodón vencidas con 4 mil quilos de agrotóxicos y una bacteria modificada en laboratorio a solo 100 metros de una escuela pública en la localidad de Rincon-í, Paraguay.
Recuerdo aquella tarde de calor absurdo aguardando al escritor en la sala de su departamento en el asunceño barrio de Mburucuyá. Roa Bastos descendió las escaleras suavemente, como un ser mitológico. Nos presentamos, mientras él se acomodaba en su sillón con cierta timidez, como pidiendo permiso en su propio hogar.
Ese hombre cálido y sencillo ─que pasó dos tercios de su vida exiliado─ aguardó tolerante con amable actitud nuestro petitorio ante la manifiesta incapacidad de nuestra parte para administrar la emoción que nos hacía hablar compulsivamente de cualquier cosa.
—¿Qué es lo que ustedes quieren? –preguntó benevolente, advirtiendo la zozobra de los invitados.
—Que prologue la edición en España de mi libro Las semillas de la muerte –llegó a murmurar Carlos, pálido, con la voz entrecortada.
En la prensa paraguaya nuestra campaña de denuncia había adquirido dimensiones insospechadas. Roa Bastos estaba enterado de la agresión y las tropelías cometidas por Delta & Pine (adquirida luego por Monsanto). Dos semanas después de aquel imborrable encuentro, Carlitos entró en la oficina en estado de algarabía. Como un niño remontando una cometa, ondeaba dos hojas en lo más alto, dando brincos. El prólogo solicitado había llegado.
—Mirá cómo termina –sentenció eufórico, y dio paso a su lectura.
«En un país, como el Paraguay, de carácter rural y estructura agraria, que depende en gran medida de su producción agrícola, esta guerra sucia de los agrotóxicos, bajo el engañoso rótulo de factores defensivos, no hace más que arruinar y destruir la agricultura, principal fuente de producción y de riqueza del país, en detrimento de la salud de los cultivadores y de la población que contornea estos predios fatales donde las semillas vencidas, tratadas con agrotóxicos y reforzadas con organismos vivos producidos en laboratorio, convierten el oro blanco del algodón en las semillas de la muerte, según las rebautiza certeramente el mismo título del libro de Carlos Amorín, restituyéndole la fama letal de esclavitud, explotación y muerte que lo acompaña desde hace siglos y no hace más que agravarse bajo el talón de hierro de la producción capitalista y las sórdidas leyes de mercado que responden exclusivamente a los intereses del lucro de las poderosas empresas multinacionales…»
En los 35 años de trabajo y amistad que me unieron a Carlos Amorín, muy pocas veces lo vi tan emocionado, radiante y orgulloso de su labor periodística. Inequívocamente, Las semillas de la muerte fue su obra mayor. En ella desentrañó las peripecias, las angustias y la lucha de 100 familias campesinas, que primero padecieron el inapelable desprecio de una compañía transnacional y luego la herencia maldita de las autoridades serviles al poder.
Carlitos, ahora que te mudaste a otro barrio, me quedaré por siempre con aquel momento, cuando demostraste con desenfrenada energía tu convencimiento de que otro mundo era posible, sintiéndote parte de esa construcción.
Mucha luz en tu viaje.
